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Córdoba

De la zozobra a la legalidad rentable

por: Blanca Berrío, Shirley Nuñez, Lina Álvarez, Julia Arroyo

El óvulo que engendró a Córdoba venía salpicado de sangre, pero no de la que da vida, sino de la que la quita, la violencia de hombres con hombres. Antes de constituirse en Departamento, en el año 1952, ya sufría de la violencia, la que generaron liberales y conservadores, que se conoció como violencia partidista, entre los años 1949 y 1959.

La zona montañosa en el sur, como Tierralta, Montelíbano y Puerto Libertador, fue el mejor refugio de los liberales perseguidos. Allí y en Montería, Canalete, San Carlos, Chimá y Ayapel se concentró la guerrilla liberal de derecha. En 1953 se acogieron a una amnistía del general Gustavo Rojas Pinilla, con la promesa de tierras para ellos, lo cual nunca se cumplió.

Según el historiador Víctor Negrete Barrera, la ubicación de Córdoba, con 127 kilómetros de costa y la zona montañosa del sur, más los recursos naturales, el debilitamiento institucional y el abandono de la población rural han sido un escenario propicio para recibir al actor que llegue.

Fue así como en la década del 60 apareció la guerrilla de izquierda representada por el Ejército Popular de Liberación (epl) estos también aprovecharon la espesa selva del sur, en el Alto Sinú y San Jorge, para refugiarse. En los años 70 se unieron con la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc) para la lucha de tierras.

En la mitad de la década del 70 llegaron las farc, creando el frente 5º. En 1983 constituyeron los frentes 18 y 58. Mientras la guerrilla de izquierda se fortalecía, en ese mismo año Fidel Castaño, con propiedades en Córdoba, fundó un grupo privado, con varios frentes, que pretendían combatir a los insurgentes ante la falta de acción gubernamental.

En 1987 esta organización se constituyó como las autodefensas campesinas de Córdoba y Urabá (accu) para enfrentar a las farc que ganaban terreno en el Departamento y tenían azotados especialmente a los ganaderos con ‘vacunas’.

El epl sobrevivió hasta 1991 cuando se desmovilizó, también con promesas de tierra que no se cumplieron. En ese mismo año dejaron las armas las accu, que más tarde resurgieron como bloque córdoba de las autodefensas unidas de Colombia (auc).

Córdoba no solo interesaba, como refugio, a las guerrillas y paramilitares, también estaba en la mira de los narcotraficantes, particularmente por tener zona montañosa apropiada para cultivar coca, 127 kilómetros de costa y estar cerca a Panamá, que por vía aérea está a 20 minutos y a tres horas por ruta marítima en lancha rápida, destino atractivo entre los años 80 y 90 para traficar droga, contrabandear armas y facilitar el lavado del dinero.

Los historiadores estiman que en 1993 nacieron los cultivos ilícitos en el departamento de Córdoba.

Dulce estabilidad

El conflicto que traen los grupos ilegales siempre ha estado focalizado en el sur, en la zona costanera y el área rural de Montería. La guerrilla y los paramilitares han sembrado sangre en estas tierras y han cultivado el desplazamiento de miles de personas.

Todos han tenido su cuota de desplazamiento. En 1970 lo hizo el epl. A comienzos de los 80 las farc y los narcotraficantes expulsaron, por la violencia que se vivía, a los moradores del sur de Córdoba. En 1985 fueron los paramilitares los que empezaron a señalar a los campesinos como auxiliadores de la guerrilla sentenciándolos a muerte y obligándolos a salir de sus tierras.

Desde 1994 el desplazamiento en Córdoba ha sido una constante.

DESMOVILIZACIONES

En las desmovilizaciones que han tenido como escenarios territorios del sur de Córdoba siempre se hacen las mismas peticiones: Tierra, educación, salud, trabajo, vías, seguridad, capacitación y saneamiento básico. Y lo particular es que en ninguna, el compromiso estatal se ha cumplido.
La última desmovilización masiva de grupos armados ilegales fue la de las auc, en el 2004, pero poco  duró la tranquilidad, ya que en el 2006 regresó la violencia a Córdoba con una parte de los desmovilizados con nuevos nombres, sin ideales políticos pero con la ambición de ganar dinero con el negocio de la droga.
De acuerdo con la información que entregan las autoridades militares, existe una alianza para el narcotráfico entre la banda criminal Clan Úsuga y los frentes 5º, 18 y 58 de la guerrilla de las farc, que se disputan el control del sur de Córdoba.
De toda esta violencia que ha padecido el Departamento en sus 63 años de existencia, más de 800 personas víctimas de desplazamiento, campesinos y ex cocaleros de Los Córdobas, Puerto Libertador, San José de Uré, Valencia y Tierralta forman un sistema laboral en donde todos tienen cabida con proyectos productivos de caucho, papaya, plátano, miel de abejas y cachamas.

El esfuerzo y la perseverancia de estos pequeños productores que tienen puestas sus esperanzas en la tierra, demuestra que sí se puede hacer el quite a la guerra y hoy tienen una historia por contar convirtiéndose en referente para los que todavía no se deciden a utilizar sus manos para cultivar la paz.

CON PISCICULTURA DESTRONARON LA COCA

‘Manuel’ dejó la coca, porque pese a ser un negocio que le rentaba mucho dinero por mes, era peligroso. Llevar los insumos hasta la vereda era una travesía. Había que cuidarse del Gobierno y los ladrones. Además, comercializar el producido era otro desafío, ya que se vendía al grupo que tenía la plata primero, la guerrilla, los paramilitares o los piratas (personas que llegaban a la zona a buscar coca), entonces si un grupo subversivo se enteraba de esto se producía un derramamiento de sangre.
En ese tiempo varios de sus compañeros de siembra fueron capturados por la Fuerza Pública y estuvieron tres años en la cárcel, un motivo más para dejar la ilegalidad e ir pensando en una vida digna.
Quienes trabajaron con la coca aseguran que este negocio da plata, pero tenían que contar con suerte para esquivar los obstáculos que generan los cultivos ilícitos en un país donde la droga no se ha legalizado y el Gobierno Nacional lidera estrategias productivas para crear territorios libres de actividades ilegales.

‘Manuel’ comenzó con el negocio en las montañas del Alto San Jorge, donde muchos pueblos son tierra de nadie. Allí, en el año 2000 empezó a hacer viveros de ‘mala hierba’, donde era reconocido por ese oficio, del cual recibía entre uno y dos millones de pesos al mes.

En 2008 con bastante experiencia en el cultivo de coca logró arrendar un terreno de diez hectáreas para extender sembrados ilícitos. Ese cultivo era muy común en el Alto San Jorge. Un kilo de coca no bajaba de un millón 100 mil pesos y una hectárea sembrada producía, cada dos meses, dos kilos de coca. Era un negocio redondo.
Junto con un grupo de campesinos, en 2010, decidió comenzar una nueva vida aprovechando que en la zona el Gobierno Nacional, a través del Departamento para la Prosperidad Social, llevó una capacitación para un proyecto piscícola, que para esa región hídrica fue la puerta de la legalidad.
Construyeron un estanque en un terreno arrendado y allí empezaron la cría de peces. Luego con la ayuda de la Unidad Administrativa de Consolidación Territorial lograron comprar una hectárea de tierra y construir diez estanques para 18 familias. Las represas en producción, cada tres meses, generan tres toneladas, que corresponden a 14 mil cachamas. La actividad deja a cada núcleo familiar hasta un salario mínimo.

MIELES PARA LA PAZ

Con intranquilidad y zozobra vivió ‘Rafael’, natural de Tierralta, su temporada como raspachín de hoja de coca en la zona montañosa del corregimiento Raudal, Puerto Valdivia (Antioquia). A esa actividad ilegal fue empujado debido a la falta de oportunidades laborales en el área rural y con familia abordo, debía buscar alternativas para subsistir.
«Me fui de raspachín, por el desempleo. Me encontré con unos amigos y me convidaron, porque se ganaba buena plata», dijo ‘Rafael’.
Durante los cuatro años en los que sobrevivió como recolector de cultivos cocaleros le fue bien, pues un día de trabajo le salía entre 30 y 35 mil pesos, ya que lograba recoger entre seis y siete arrobas de hoja de coca (cada arroba son 30 kilos), era plata constante y sonante, a cambio de una vida intranquila, pues incluso en los días de pago tenía que encomendarse a los santos para que no lo robaran.
Los atracos, en la mayoría de las ocasiones, eran planeados por algunos dueños del negocio de la droga para recuperar parte del dinero invertido en el pago de los raspachines.
A pesar de esta ‘bonanza’ económica, no todo fue agradable. La angustia por la violencia en la zona de recolección, ante los hostigamientos entre la guerrilla de las farc y la fuerza pública, enfermó a su esposa, lo que le dio razones para salir  de Raudal y regresar a la tierra que lo vio nacer.

«Me siento más tranquilo porque tengo lo mío, no hay miedo de que, de pronto, nos vayan a quitar la miel porque todo lo que estamos trabajando es legal. La ilegalidad la hemos dejado a un lado, porque trae problemas. Ahora uno trabaja libremente, no hay temor, y se puede progresar. Esta zona está libre de coca, aquí hay abejas africanizadas, y bastantes», dijo.

En Tierralta empezó de cero a construir un sueño y con apoyo del Estado integró el grupo de familias guardabosques.
Las manos que antes recolectaban coca las utilizaron durante dos años para la erradicación manual de cultivos ilícitos en el suroccidente de Tierralta, como compromiso al ser guardianes de los bosques naturales y de las fuentes hídricas. Les pagaban 400 mil pesos cada dos meses por ello.
Las manos que antes recolectaban coca las utilizaron durante dos años para la erradicación manual de cultivos ilícitos en el suroccidente de Tierralta, como compromiso al ser guardianes de los bosques naturales y de las fuentes hídricas. Les pagaban 400 mil pesos cada dos meses por ello.
En la actualidad, ‘Rafael’ es uno de los 135 productores de miel de abejas que hay en la localidad tierraltense. Mensualmente, cuando es temporada seca, gracias a sus catorce colmenas comercializa hasta 120 kilos, recibiendo entre 660 mil y 720 mil pesos mensuales. El producto es envasado en galones plásticos con capacidad para 32 kilogramos de miel.
Los productores encontraron en los negocios una alternativa para aprovechar la prodigiosa tierra, quienes con su miel han endulzado el paladar de los cordobeses y hoy buscan fortalecer el negocio con mejores herramientas que les permitan aumentar la producción y tener más ganancias.