Sobrevivir al exterminio de la Unión Patriótica: la historia de una mujer en resistencia

Ana Elsa Rojas Rey vivió de cerca la violencia política en el país como militante del Partido Comunista Colombiano y de la Unión Patriótica. Fue testigo de los asesinatos y desapariciones de cientos de simpatizantes, amigos, militantes, líderes y lideresas. Hoy en día, conserva la idea de que la paz y el cambio social en el país son posibles.

Historias de mujeres que construyen paz en los territorios

Sobrevivir al exterminio de la Unión Patriótica: la historia de una mujer en resistencia

Autor:

Andrés Alejandro Córdoba Calvo

Diciembre 22 de 2020

Ana Elsa Rojas Rey busca una lista donde escribió los nombres de algunas mujeres que hicieron y hacen parte de la Unión Patriótica (UP) en el Cauca. Lee y recuerda: María Ul, indígena extraordinaria, asesinada; Tránsito Ulcué, también la mataron; Mery Granada, desconozco qué pasó con ella; Amelia Escobar, aún reside en Popayán; Gloria Vidal, también se encuentra en la ciudad; Gloria Becerra, ella siguió con la actividad política; Lucy Hernández, era del norte de la ciudad; Deyanira Martínez, es rectora de un colegio en Popayán; Yolanda Becerra, vive en Florida (Valle); Carmenza Lozano, se dedicó a la docencia; Luz Marina Rojas, mi hermana, trabaja en la Universidad del Cauca, Mercedes Solís, aún conserva toda su energía; Mercedes Vergara, vive en un barrio al occidente de Popayán; Yolanda Castro, también asesinada en Cauca; Fabiola Muñoz, exconcejala de Balboa; Elizabeth Hurtado, entusiasta, asesinada muy joven; Melba Imbachí, del municipio de Argelia.

─Y yo, que fui concejala suplente en Popayán.

Son los nombres y detalles que recuerda. Poco se han contado las historias, los esfuerzos y aportes de las mujeres militantes de la Unión Patriótica en el Cauca.

─¿Quiénes eran? ¿Quiénes son?

─Éramos la tercera parte de los militantes, que llegaban a 500─ afirma Ana Elsa tratando de dar una cifra exacta.

Pero el número podría ser mayor si se tiene en cuenta la investigación ‘El exterminio físico y simbólico de la Unión Patriótica en el Cauca (1984-1994)’, del politólogo Jhonatan Andrés Majin Ibarra, donde se habla de la existencia de doce mil personas carnetizadas en el departamento. Ana Elsa tendría cifras exactas si no hubiera tenido que quemar los cuadernos, libros, archivos, apuntes de reuniones y demás información que cargaba siempre y donde registraba datos de los militantes.

Ella estaba en alerta permanente. (Como aquella noche de 1989 en Sogamoso (Boyacá) cuando destruyó la información que cargaba porque minutos antes una amiga le había anunciado del posible allanamiento en la casa donde residía.) Tal vez no había otra manera, no se podía arriesgar a los miembros de la militancia. La década de 1980 finalizaba y el número de víctimas de la UP alcanzaba las 1.690 que, según el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) obedecieron a la primera ola de violencia establecida entre 1984 y 1988.  La misma entidad calcula que se llegó a registrar un asesinato o una desaparición cada 18 horas durante ese periodo.

Lo paradójico es que Ana Elsa salió en 1988 del Cauca por los riesgos que le significaba estar en la región. Se fue después de terminar ese mismo año su participación en el concejo de Popayán junto a Álvaro Pío Valencia. Por esa época, como se menciona en el libro ‘Unión Patriótica: Expedientes contra el olvido’, del periodista Roberto Romero Ospina, ya se registraba la desaparición de los militantes José Luis Grijalba, la de su hermano Álvaro y su padre Federico el 15 de octubre de 1986. El 16 de abril de 1987 reportaron el asesinato de la entusiasta militante Elizabeth Hurtado y el 12 de agosto de 1988 desaparecieron al líder político de la UP y diputado de Miranda, Javier Castillo Castillo.

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Del universo de militantes asesinados o desaparecidos entre mayo 1984 y diciembre de 2002.  Fuente: CNMH. Diseño: Leonardo Bravo.

 

Aquel ambiente de finales de 1980 incidió en las extensas jornadas de campo que los upecistas desarrollaban en varios municipios del Cauca. Comenzaron a regresar antes de que la luz del día se fuera y restringieron cada vez más las tardes de cerveza para ponerse al tanto de los hechos políticos o de la cotidianidad. Había que cuidarse de la muerte porque ser militante o siquiera simpatizante de la UP se convirtió en un riesgo latente.

De nuevo en Popayán, los consejos para Ana Elsa aparecieron: “ten cuidado”, “te van a matar”, “eres muy osada”, “no hagas eso”, “ojo con las declaraciones en la radio”, “no vuelvas a tal municipio”, “no vuelvas a donde tal amigo”. Pero ella sabía, desde su infancia en la vereda El Tunal, en el entonces municipio de Sumapaz, Cundinamarca, que esas eran las consecuencias que había que asumir cuando se piensa diferente a otro sector social. Así que seguía trabajando por la UP de manera sigilosa, con cautela, como muchas mujeres, de un lado para otro, porque estaba convencida de que los principios de aquel proyecto político representarían un cambio. Sin embargo, la violencia hizo que muchas de las militantes y otros integrantes se distanciaran del partido.

─El terror las aisló de la organización, otras seguimos─ recuerda Ana Elsa. El miedo aparecía, no solo entre los integrantes de la UP, sino entre sus conocidos.

─Había gente que nos veía y se cambiaba de esquina para no saludarnos, porque consideraba que éramos un riesgo para su vida. Uno percibía ese terror que había alrededor nuestro─ asegura.

Una tarde, mientras Ana Elsa caminaba por la parte baja del barrio Loma de Cartagena junto a su amigo, el líder indígena Darío Tote Yace, se percató de que los seguían hombres en moto. Así que aceleraron el paso, trataron de evitarlos. No pudieron, se dividieron. Ana Elsa caminó más rápido para que la perdieran de vista. Pero lo hombres seguían ahí. En su trayecto, frente al Colegio Melvin Jones, 56 gradas. Subió apresurada los escalones empinados en línea recta de un solo aliento. A la derecha un conjunto residencial, entró y evadió una vez más la persecución que sufrían por aquellas semanas.

Días después viajó hacia Sogamoso para proteger la vida de sus dos hijos, de su esposo y la suya. Echó en la maleta ropa y un libro, sus apuntes. 

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Las mujeres upecistas apoyaron la tarea política de aquel partido presentado oficialmente, según la Corporación para la defensa y promoción de los derechos humanos (Reiniciar) el 28 de mayo de 1985, después de que el presidente conservador Belisario Betancur Cuartas firmara con las Farc el Acuerdo de la Uribe (Meta) el 28 de marzo de 1984, con el cual intentaba materializar la promesa de paz que había hecho a sus compatriotas como candidato y presidente de Colombia a inicios de esa década.

La Unión Patriótica, además de surgir como un mecanismo de participación política para que los insurgentes realizaran la transición de las armas a la vida civil, representaba un movimiento amplio, pluralista, de convergencia democrática “en el que tenían cabida todas las vertientes políticas y los sin partido”, dice el informe del CNMH ‘Todo pasó frente a nuestros ojos. El Genocidio de la Unión Patriótica 1984-2002’.

Las mujeres eran activistas, pegaban carteles, asistían a reuniones, vendían el Semanario Voz en las plazas públicas, en los parques, en la calle; ayudaban en la organización de los actos públicos, en la consolidación de la UP en los barrios, en los asentamientos de Popayán surgidos después del terremoto del 31 de marzo de 1983 y en las zonas rurales del Cauca. El liderazgo natural de las mujeres jugó un rol importante para entusiasmar a comunidades y nuevos simpatizantes.

Según lo reporta el CNMH, en los relatos de las mujeres la organización se representa como un espacio particular de expresión, participación y socialización política que no existía en la cotidianidad de sus vidas privadas.

─Estábamos sosteniendo el proyecto y la mayoría de las muchachas estudiaban, pero los fines de semana nos repartíamos y salíamos a hacer nuestras tareas. Las mujeres y su palabra eran bastante importantes─ le dijo Ana Elsa a la docente e investigadora Vilma Penagos Concha para la publicación ‘Mujeres en resistencia’.

─Queríamos ser mujeres autónomas desde el punto de vista intelectual y luego unirnos para mantener un proyecto político, para las transformaciones que el país necesitaba─ afirma cuando le pregunto sobre los sueños que tenían con la Unión Patriótica.

─¿Cómo lograr una autonomía y visibilizar su trabajo en un partido donde la figura que sobresalía era la masculina?─ indago.

─Debíamos cualificar el liderazgo para tener incidencia en el grupo. Por la formación en mi familia, para mí era normal pedir la palabra, contradecir y aspirar a cargos de dirección. Entonces, una se convertía en referente para otras mujeres─ recuerda con su voz siempre segura, firme.

En solo unos meses la UP hacía presencia en la mayor parte de los departamentos de Colombia, según lo confirmó el propio partido en su Primer Congreso, realizado en noviembre 16 de 1985 en Bogotá. En el ‘Informe de la coordinadora nacional provisional de la Unión Patriótica al Primer Congreso’, que reposa en los archivos de la Corporación Reiniciar, dice que hasta ese momento se habían realizado 572 actos a nivel nacional para el lanzamiento y organización del partido en diferentes regiones, se constituyeron 2.229 Juntas Patrióticas en 209 municipios y 13 corregimientos, y habían movilizado a más de 500 mil personas.

Con ese ambiente de apuesta política distinta que sumaba seguidores, las victorias electorales no tardaron. El informe ‘Todo pasó frente a nuestros ojos’, ya citado, registra que los comicios locales de marzo y las presidenciales de mayo de 1986 representaron un gran triunfo que puso a la Unión Patriótica como la tercera fuerza política del país, llamó la atención de los partidos tradicionales y puso en riesgo su viejo balance bipartidista en las regiones. “En pocos meses de campaña, la votación conseguida sobrepasaba votaciones previas de la izquierda, del PCC y sus convergencias”, reseña dicho informe.

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 Las mujeres lograron abrirse paso en los espacios de participación política en el país. Fuente CNMH. Diseño: José Leonardo Bravo.

 

Para este momento Ana Elsa fue elegida como concejala suplente, al lado de Álvaro Pío Valencia, en Popayán. Fueron parte de los 17 concejales electos en el Cauca que, según el politólogo Jhonatan Andrés Majin Ibarra en la investigación ya mencionada, tuvieron representación en municipios como El Tambo, Argelia, Miranda, Morales, Corinto, Toribío, Buenos Aires, El Bordo, Santander de Quilichao, San Sebastián y Popayán. Majin Ibarra también asegura que para ese momento lograron buenas votaciones para la Asamblea Departamental, que encabezó Juan de la Cruz Perafán (8586 sufragios), y para la Cámara de Representantes, que lideraron Álvaro Enrique Astudillo y Pedro Vaca (8422 votos).

─¿Por qué la mayoría eran hombres?─ pregunto para saber cómo se elegía a los candidatos que se postulaban a las distintas corporaciones.

─Esa era una dificultad, porque las direcciones en su mayoría estaban conformadas por hombres, y si nos íbamos a una elección interna para determinar los candidatos y la elección era por votos, generalmente nos ganaban.

Por eso calificó la representación de las mujeres como muy poca a nivel nacional. Luego aseguró que en Cauca lograron representaciones importantes, aunque algunas mujeres siempre tenían limitantes más allá de sus deseos de ser candidatas: el hogar, los hijos y su cuidado.

*** 

Ana Elsa llegó a Popayán a inicios de 1980, después de una trepidante infancia y adolescencia ligada a la política. Creció en la vereda El Tunal, ubicada en el Sumapaz del histórico líder agrario y comunista Juan de la Cruz Varela, quien, entre 1930 y 1980, luchó por la reivindicación de la tierra para los labriegos de esta región y del oriente del Tolima, se alzó en armas como mecanismo de protesta social y política, y luego impulsó la paz en esta zona del país, según la investigación ‘Los avatares de la paz. Por los senderos de la vida de Juan de la Cruz Varela’, de las académicas Laura Varela Mora y Yuri Romero Picón. Fue en ese escenario donde Ana Elsa, siempre rodeada de su familia campesina, que asumía el liderazgo frente a la lucha por la tierra y apoyaba el fortalecimiento del Partido Comunista Colombiano (PCC). Ahí rondaban día y noche los planteamientos de Lenin, de Marx, porque no se oía ni se leía nada distinto; tampoco se hablaba de algo diferente, porque todas las veredas y personas que conocía eran afines al comunismo, no existía ningún otro partido. 

Según relató Ana Elsa a la investigadora Vilma Penagos Concha en la publicación ya citada, una madrugada de 1958 bombardearon la casa de su familia. No hubo pérdidas humanas. Su madre, con un olfato político envidiable y una clarividencia oportuna, empacó algunas cosas la noche anterior, alistó las bestias necesarias y salió de la casa de El Tunal junto a sus hijas hacia la vereda Lagunitas. Su marido decidió quedarse, decía que no tenía por qué dar por hecho algo que no había sucedido. Con él dejó a dos de sus hijos, entre ellos a una niña que comenzó a llorar insistentemente a media noche y, al no encontrar manera alguna de apaciguar el llanto, se montó en un caballo junto a ella y a su otro hijo, y emprendieron camino hacia donde se encontraba su esposa. Llegaron a las dos de la mañana y, cuando se disponían a preparar una bebida para la hija enferma, escucharon el estallido de las bombas. Al amanecer, cuando pudieron arribar al sector de El Tunal, hicieron el inventario repentino de lo sucedido: la casa completamente quemada, una cosecha de trigo incinerada, animales muertos. Aquellos recuerdos podrían corresponder a un segundo periodo de violencia en la región cuando el entonces presidente de Colombia, general Gustavo Rojas Pinilla, ordenó, entre 1955 y 1957, bombardeos sobre algunos pueblos cercanos y otros sectores del Sumapaz para eliminar a guerrillas campesinas que operaban en la zona, como lo documentó el Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (IDEP) en su informe ‘Estudio memoria histórica y educación para la paz. Caso Sumapaz’.   

─Ahí dejé de ser una niña─ aseguró Ana Elsa a Vilma Penagos Concha.

Luego, en una de las conversaciones que sostuve con ella, le pregunté sobre el impacto que estos hechos le generaban.

─Una aprende a no dramatizar esas cosas, sino a estar alerta, a dar alternativas. Para nosotros no era una tragedia, sino consecuencias que había que asumir cuando se es diferente a otro sector social─ reitera.

Después su familia echó raíces en el municipio de Granada (Cundinamarca), en parte por algunas diferencias entre su padre y el Partido Comunista y, por otro lado, porque necesitaban que ella y sus hermanas continuaran estudiando. Allí Ana Elsa se dio cuenta de que no había comunistas, algo imposible para ella. Pero al final entendió que en Colombia había más partidos, como el Liberal, que predominaba en aquellas tierras y pronto terminó vinculada a las ‘Juventudes Liberales’, más por una necesidad de la actividad política a la que estaba acostumbrada, que por afinidad ideológica.

Como Granada queda a 18 kilómetros de Bogotá, los viajes a la capital del país fueron cada vez más frecuentes para Ana Elsa. En ese trasegar conoció a Julio Alfonso Poveda, líder sindical y comunista, quien al ver la convicción de sus ideas la invitó a retomar su militancia en el PCC. Un detonante para que su activismo regresara con más potencia, al punto que aplazó su interés de continuar el bachillerato e ingresar a la universidad, ya que pensaba que la revolución estaba cerca, a la vuelta de la esquina, y entonces sería después de la revolución que dedicaría su tiempo al estudio.

Un día, cuando ya era una joven referente, sus compañeros militantes capitalinos de la Juventud y Partido Comunista le dijeron que debía irse a Popayán, porque consideraban que en esa zona había mejores condiciones de seguridad. Las persecuciones, desapariciones, torturas y asesinatos contra integrantes de sindicatos y militantes de izquierda aumentaron durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala, entre 1978 y 1982, después de que sancionara el decreto 1923 del 6 de septiembre de 1978 o Estatuto de Seguridad, que establecía, entre otras cosas, que cualquier acto de protesta social que se considerara como una perturbación al orden público podía ser un delito. Durante la aplicación de esta norma, aproximadamente 16.000 personas fueron arrestadas de manera arbitraria, según el informe ‘Paz sin Crímenes de Estado’ del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE).

Ana Elsa cuenta que llegó a Popayán a inicios de 1980 junto a su esposo y sus hijos. Y una vez instalada su avidez por los procesos políticos la llevaron a cumplir una de las tareas encomendadas: apoyar la iniciativa del Frente Democrático (FD) en el Cauca, una coalición de fuerzas de izquierda. Y en esa dinámica en la que se desenvolvía ya de manera natural y segura, conoció líderes políticos representativos de la región, como José Joaquín Dulcey y Juan de la Cruz Perafán, diputado del FD, y a sobresalientes miembros del Partido Comunista, como Álvaro Mosquera, Álvaro Delgado, Manuel Cepeda Vargas y Álvaro Pío Valencia, con quienes tendría una gran amistad.

***

Álvaro Pío, hermano del expresidente de Colombia Guillermo León Valencia, fue un importante consejero para su formación política y personal. Le hablaba de tener referentes históricos en su cabeza a la hora dar discursos. Profundizaron durante sus conversaciones en el pensamiento de Lenin y las técnicas que él utilizaba para escribir, hablar y convencer; se detuvieron en la importancia de la tranquilidad en todos estos procesos y en lo necesario que era registrar los pensamientos.

─¿Por qué no escribe usted?─ le preguntó en alguna ocasión Ana Elsa, en su casa o en alguna calle de la ciudad, cuando decidían caminarla.

─Los hombres ya hemos escrito mucho─ le respondió e insistió en que ella debía hacerlo ya que era una de las pocas mujeres cuya voz comenzaba a conocer el Cauca.

Así era. La de Ana Elsa fue una voz referente para las mujeres y una que llegó a incomodar a algunos miembros de su partido. Un día, un integrante de la junta departamental se opuso a la presencia de ella en esa instancia: “usted no puede estar aquí”, le dijo. Pero ella se quedó durante mucho tiempo, sus aprendizajes en Sumapaz, Granada y Bogotá y el apoyo de las mujeres le daban la fortaleza suficiente para entender aquellas tensiones que se generaban en estos espacios y concluir que para llegar a los puestos de dirección no se requería de fuerza.

 ─Eso es lo que nos quieren hacer creer, que una mujer debe tener mucha similitud con el carácter de los hombres y resulta que no, que debemos tener más sensibilidad─ dice efusivamente.

Su paso por el concejo municipal de Popayán junto a Álvaro Pío Valencia estuvo marcado por las reivindicaciones de varios sectores populares de la ciudad: trabajar alrededor del comercio informal, defender las plazas de mercado y evitar su reubicación, y la pronta consolidación de los asentamientos que surgieron en la ciudad después del terremoto de 1983.

Cuando terminó su periodo en el concejo, en 1988, el Cauca ya reportaba alrededor de 35 asesinatos, desapariciones o masacres, según los registra el periodista Roberto Romero Ospina en su libro ‘Unión Patriótica: expediente contra el olvido’. Para ese entonces, Ana Elsa había perdido a varios de sus amigos militantes, conocidos simpatizantes, personas a favor de la Unión Patriótica. Luego comenzaron las restricciones para moverse por el territorio, los consejos de sus amigos, las persecuciones en la calle, hasta que tuvo que salir de Popayán hacia Sogamoso.   

***

 El 13 de octubre de 1993 el diario El Tiempo tituló: “Retenida dirigente de la UP como presunta jefe de banda”. En las líneas siguientes la nota aseguraba: “la dirigente de la Unión Patriótica e integrante de la junta directiva de la Lotería del Cauca, Ana Elsa Rojas Rey, fue retenida por unidades del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), seccional Valle, tras una operación en la que fue desmantelado un laboratorio para producir marihuana líquida”. Además, se le acusó de ser responsable del ‘Frente Femenino’ de la UP en el Cauca, que lideraba la producción de una nueva presentación de marihuana, de portar dólares falsos, textos de química y libros sobre tácticas revolucionarias.

Todo falso. Ana Elsa cuenta que había regresado a Popayán después de que Colombia daba vida a la nueva constitución de 1991. Volvía a la ciudad para reactivar la dinámica política en el Cauca con la Unión Patriótica. Para ese tiempo, tenía una taberna en el centro de la ciudad llamada ‘Calle Luna’ y, además, compraba y vendía oro para tener algunos pesos para gastos eventuales. Un conocido que había acompañado algunos procesos que lideraban en Popayán le recomendó a una señora de Cali que compraba el oro a mejor precio. A ella le pareció raro, pero terminó convencida de que era posible, así que viajó junto a su esposo y un amigo hacia la capital del Valle del Cauca.

En Cali, el hombre dijo que al lugar de la transacción solo podía ir Ana Elsa, porque a la compradora no le gustaba tener mucha gente en su casa. Ana Elsa se fue con él.  En el lugar no estaba la compradora. Esperaron. El hombre dejó una caja pequeña sobre un mueble y salió con la promesa de regresar pronto. Minutos después miembros del DAS entraron al lugar donde aseguraron haber encontrado químicos y dólares falsos. La detuvieron por ser la supuesta jefe de una banda. Recuerda que uno de los integrantes del DAS le propuso que aceptara ser narcotraficante y le ofreció dinero, pero no especificó la cifra. Además, le aseguró que le garantizaría la libertad en poco tiempo y que podría estar en un lugar diferente junto a su familia. Esto a cambio de decir que una de las referentes del partido político de la Unión Patriótica era una traficante de drogas. Ana Elsa no aceptó. No tenía por qué asumir lo que no era. Aunque no recuerda con exactitud las fechas, dice que estuvo en una cárcel de Cali entre 1994 y 1995. Lo que no se le olvida son las reflexiones y aprendizajes que le dejó esta experiencia. En este lugar nunca pudo, ni quiso abandonar sus convicciones, así que comenzó a trabajar con las reclusas.

Pronto tuvo un grupo de aliadas, amigas: Ligia Bernal, muy joven, acusada de ser presuntamente de las Farc; Teresita, odontóloga en Nariño; Edith Rodríguez, con la que tiene una amistad muy grande, y otras más que ya se han ido de su memoria inmediata. Con ellas pudo fortalecer los procesos pedagógicos que ahí se desarrollaban, ayudó a mejorar los espacios de recreación, educación y hasta las condiciones para las visitas conyugales. También lideró junto a otras presas políticas la idea de amadrinar a algunas reclusas que nunca recibían visitas. Así, por ejemplo, cada que visitaban a Ana Elsa ella integraba a su ahijada para que conociera y conversara con una persona diferente.

Tampoco dejó a un lado su militancia y Manuel Cepeda encontró en ella una gran vocera de sus ideales en la cárcel. “Le hice campaña allá adentro”, comenta Ana Elsa con cierta nostalgia, mientras recuerda que fueron frecuentes las visitas para hablar con ella, para estar pendiente de su proceso. Era un gran amigo.

El 9 de agosto de 1994, mientras realizaba varias de sus actividades diarias con las reclusas, una de sus amigas irrumpió para darle una noticia marcada por la urgencia y la gravedad. “¡Ay! Doña Elsa, mataron a su papá”, cuenta que le dijo su amiga.

Se trataba del ya senador Manuel Cepeda Vargas, asesinado por sicarios en Bogotá aquella mañana mientras se movilizaba en un vehículo, cuyo destino era el Congreso de la República, donde participaría en un debate para que Colombia adhiriera el Protocolo II de la Convención de Ginebra, con el cual las partes en conflicto debían respetar las normas del Derecho Internacional Humanitario, según lo registró el diario El Tiempo el 10 de agosto de ese año en la noticia ‘Asesinado senador comunista’.

“El que yo conocí, no sé qué decir”, exclamaba la mujer desesperada. Sus amigas de la cárcel decían que Manuel Cepeda era su papá. La calidez, el amor, el respeto, la confianza que irradiaba, son algunos de los recuerdos de Ana Elsa que lo describen. Al día siguiente, en el patio del centro penitenciario, acompañada de sus amigas reclusas y algunas figuras políticas que llegaron hasta el lugar, hicieron el entierro simbólico del senador.

***

La libertad para Ana Elsa llegó en 1995 debido a la inexistencia de pruebas en su contra. Todo está en su memoria, pues no tiene documentos con los detalles de ese episodio difícil de su vida ni con los motivos específicos de su libertad, pero varios de sus amigos de militancia upecista, como el líder indígena del Cauca, Darío Tote Yace, y el exrector de la Universidad del Cauca y exdiputado por la UP, Juan Diego Castrillón Orrego, aseguraron que este tipo de situaciones fueron una constante para los dirigentes nacionales y regionales. A ella “quisieron dañarle la reputación, la vida”, afirma Castrillón. “Al que no mataban, lo desaparecían; al que no desaparecían, le hacían montajes y lo enviaban a la cárcel”, menciona Tote Yace. “Judicializaciones infundadas” que llegaron en el país a 80, según los registros de la Corporación Reiniciar. Uno de los hechos victimizantes que afectaron a las mujeres upecistas entre 1984 y 2002, complementa el informe, ya citado, ‘Todo pasó frente a nuestros ojos’.

─Las mujeres fueron mucho más afectadas porque mataban a sus esposos y ellas quedaban solas con sus hijos─ asegura Ana Elsa.

En algunos casos las escrituras de las fincas o terrenos se encontraban a nombre de los hombres y las mujeres terminaban sin nada, varias de ellas obligadas a un desplazamiento hacia las ciudades donde terminaban en empleos mal pagos. No fue suficiente con cargar el dolor del asesinato o desaparición de hijos o esposos, se le sumaba la miseria. Esto también afectó la militancia de las mujeres, ya que muchas se vieron obligadas a decidir si buscaban recursos para su sostenimiento y el de sus hijos o continuaban en la dinámica política.

─No es que la mujer se margine, las circunstancias de violencia política las obligaron a priorizar sus actividades.

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Desde la Corporación Reiniciar se indicó que el número de víctimas de la UP, pese a las cifras existentes, aún es indeterminado. Fuente CNMH. Diseño: Leonardo Bravo.

 

En libertad, Ana Elsa retomó nuevamente su ejercicio político, pero se encontró con un partido al borde de la extinción. Iniciaba una tercera ola de violencia para la UP. El CNMH, en su informe ‘Todo pasó frente a nuestros ojos’, asegura que entre 1995 y 1997 el número de asesinados o desaparecidos ascendía a 1.034 y las amenazas contra los militantes rondaban las 570. Pero ella volvió a su incansable libreto: una vez más a trabajar para fortalecer la UP en la región, reuniones, idas y vueltas cautelosas por municipios para entusiasmar a quienes aún quedaban, para generar alianzas con otros partidos y mantenerse en el escenario político. Así se pasó el segundo lustro de 1990. El mayor logro electoral se dio en el año 2000, cuando en una alianza con diferentes sectores sociales y políticos denominada ‘Bloque Social Alternativo’ ganaron la gobernación del Cauca con el taita Floro Tunubalá.

Pese al triunfo electoral la escena no cambiaba: muertos, masacres, desaparecidos. Al final pasó algo que parecía imposible en la década de 1980. El 20 de noviembre de 2002, a través de la Resolución 7477, el Consejo Nacional Electoral (CNE) le quitó la personería jurídica a la Unión Patriótica y no tuvo en cuenta el particular proceso de violencia contra el partido. En aquel entonces, los asesinados o desaparecidos eran 4.153 y 2.049 personas habían sufrido tentativas de homicidio, tortura, violencia sexual, judicializaciones infundadas, desplazamiento forzado y exilio. Aun así, el ejercicio político en los territorios continuó.

Para ese momento Ana Elsa había viajado nuevamente hacia Bogotá por recomendación del partido. Los años siguientes fueron una reiteración de la constante resistencia y perseverancia en su vida: volvió a Granada con su familia y junto a un hermano reactivó la dinámica en su casa paterna con cultivos de uchuva; y con el apoyo de las mujeres impulsaron la elección de un alcalde en el municipio. Luego Ana Elsa retornó otra vez a Bogotá para retomar sus estudios de bachillerato y después ingresó a la universidad para estudiar sociología. Celebró, como cientos de militantes, la recuperación de la personería jurídica de la UP en 2013 y, dos años después, integró una lista para el concejo de Bogotá junto a candidatas como Aida Avella. También, después de una serie de discusiones, entró al consejo de redacción del Semanario Voz para liderar la página de mujeres. Fue parte de una delegación de mujeres que viajó a La Habana en medio de los diálogos con la guerrilla de las Farc para posicionar el tema de equidad de género y, luego, ante la necesidad de entender toda la estructura jurídica de los acuerdos, ingresó en el 2017 a la Universidad del Cauca para estudiar derecho y regresó a Popayán. Además, asiste constantemente a los plenos que realizan las directivas de la Unión Patriótica. Hay un sin número de acciones que Ana Elsa continúa realizando de manera incansable.

─¿Se les ha reconocido a ustedes como mujeres upecistas el esfuerzo realizado por alcanzar la paz en Colombia?

─Personalmente, claro que sí. El primer reconocimiento tiene que ser el mío. Y desde la organización, también. El solo hecho de que me inviten a las reuniones sin ser parte de esas jerarquías tan rigurosas, es porque aporto y enseño.

─¿Cómo logró vivir con todo esto en su cabeza?─ quise entender.

─No sé cómo responder, pero el solo hecho de ser sobreviviente de la UP es un elemento que lo llena a uno de tristeza profunda y al mismo tiempo de una inmensa alegría.

 

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