De Mozart a Diomedes Díaz: el director de orquestas venezolano que sueña con revolucionar el vallenato en Colombia

El músico Antonio Giménez sueña con universalizar el vallenato fusionándolo con los sonidos de la música clásica que ha estudiado por años. Sus arreglos para piano de piezas tradicionales del repertorio colombiano dan cuenta del nivel que un grupo de músicos e investigadores quieren otorgarle a la música que mayor identidad brinda al país.

Las otras caras de la migración en Colombia

De Mozart a Diomedes Díaz: el director de orquestas venezolano que sueña con revolucionar el vallenato en Colombia

Autor:

Osiris Ceballos Garrido

Abril 05 de 2021

El día en que Antonio Giménez emprendió un viaje, sin fecha definida de retorno a Venezuela, se impresionó al llegar a un lugar donde las tardes crepusculares, los cardonales y el cardenal rojo se alzaban como emblemas de la ciudad que lo recibía. Una coincidencia en el paisaje que hizo sentir al músico y director de orquestas, que estaba en su Barquisimeto natal, aunque esta vez frente al mar Caribe y con sonidos totalmente nuevos para él: los del vallenato.

En Riohacha, la capital del departamento colombiano de La Guajira, Antonio encontró un mejor trabajo. Eso es lo que el 82,8 % de los migrantes venezolanos salen a buscar, según datos de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) 2019 – 2020, un estudio desarrollado por la Universidad Central de Venezuela, Universidad Católica Andrés Bello y Universidad Simón Bolívar, tres importantes universidades venezolanas que han sumado esfuerzos para presentar estadísticas que hagan frente a las dificultades de acceso a la información que existen en el país vecino.

Poner un pie en Paraguachón, corregimiento del municipio Maicao, fronterizo entre Colombia y Venezuela, fue suficiente para empezar a escuchar con fuerza la música que marcaría una nueva etapa en su vida. Diomedes Díaz sonaba sin parar en el carro que lo condujo hasta la Universidad de La Guajira, en Riohacha. Allí lo esperaban para iniciar sus labores como docente e investigador de Licenciatura en Música, rol para el cual resultó seleccionado mediante un concurso de credenciales previo. El chofer cantaba con fuerza, mientras Antonio analizaba las melodías que le eran ajenas al repertorio europeo, con el que se formó durante sus estudios universitarios en Caracas (Venezuela) y París (Francia). Sabía que eran vallenatos, pero hasta ese momento, sus únicos referentes del género eran el Binomio de Oro y Carlos Vives, artistas colombianos con gran aceptación en Colombia, Venezuela y el mundo.

Lo que en adelante le esperaba al músico era estudio y más estudio sobre el género vallenato. Comprendió que el proyecto para el que comenzaba a trabajar y por el cual logró su estatus de regularidad en Colombia desde su primer día de llegada —gracias a los trámites que el mismo rector, Carlos Julio Robles, realizó a través de oficios dirigidos al Consulado de Colombia en Venezuela cuando aún existían relaciones diplomáticas entre ambos países— promueve el uso del género popular, como referente para la pedagogía musical. Con ello buscan que el estudiante se adueñe del conocimiento de una manera natural, porque ya tiene la carga cultural que lo prepara, a la vez que se trabaja sobre el patrimonio cultural-musical regional, al recopilarse y sistematizarse la música autóctona.

Los programas del estudio de pregrado contemplan el uso del repertorio de la música vallenata, llevada a un nivel de estilización que permita ejecutarse con instrumentos orquestales, amparando su desarrollo en una investigación con rigor científico, que aspiran heredar al país y al mundo, a través de la vallenatología como un campo de estudio de la música, logrando que el vallenato se estudie bajo un método.

Roger Bermúdez es el líder del proceso de la apertura del programa de la Licenciatura en Música de la Universidad de La Guajira. Psicólogo, músico y docente, fue quien soñó en grande con un proyecto que, a ratos, ni él mismo creía que se podría materializar pronto. Actualmente, es el responsable de convencer a cada profesor de que “están frente a una oportunidad histórica para hacer del vallenato una música universal”.

Esa idea hizo clic de modo automático en la cabeza de Antonio Giménez, pues estaba seguro que en la playlist de su vida existían cantidades de sonidos universales para comenzar a fusionarlos con la música que suena con más fuerza en La Guajira y que el mismo Bermúdez, como experto del área, define como “la más popular del país y la que le otorga identidad” a la nación.

“Debido a mi perfil de compositor y arreglista, el profesor Roger me ha encargado investigar sobre la creatividad musical con elementos vallenatos, con la intención de que mi trabajo se inspire en lo que se hizo en países como Argentina o Brasil, donde la música popular se llevó a un nivel musical muy alto, conservando sus esencias culturales. De igual manera puede ocurrir aquí en La Guajira, tomar el vallenato y evolucionarlo en diferentes direcciones musicales conservando su esencia y con una alta calidad musical”, dice el profesor migrante, quien trabaja actualmente en un proyecto llamado ‘Pianística Vallenata’, con el que busca desarrollar el repertorio vallenato para piano solista.

“Cada arreglo está pensado con diversos criterios de dificultad técnica desde muy sencillos hasta muy complejos, esto le permitirá al estudiante aprender a tocar piano usando la música vallenata como vehículo pedagógico, de igual manera está contemplada la ‘Guitarrística Vallenata’, y así se irá desglosando para todos los instrumentos”, explica Giménez con pasión notoria por su trabajo investigativo y creativo por el género del que se ha “apropiado de manera acelerada”, como él mismo lo indica.

En su mente ha organizado toda la información, siempre bajo la guía de expertos, entre los que menciona con especial agradecimiento a los profesores guajiros Roger Bermúdez, Abel Medina, Emmanuel Pichón, Álvaro Ibarra, entre otros. Ellos le han orientado para llegar a conclusiones de una manera expedita, permitiéndole trabajar cómodamente en la fusión de sonidos y en su integración en una cultura musical que ya se ha vuelto parte de la suya.

Con entusiasmo, el mismo profesor Giménez cuenta que su proceso migratorio ha sido acompañado por la gran fortuna de desempeñarse en lo mismo que hacía en Venezuela, “casi como una transferencia académica”, como lo define, pues hasta 2018 fue profesor de la Licenciatura en Música de la Universidad Centrooccidental Lisandro Alvarado, que figura como la quinta mejor universidad de Venezuela, según el ranking 2020 de la Revista Nuve, un portal de promoción de la Investigación en países de habla hispana.

El profesor de 49 años llegó a Colombia para ser docente y hacer parte de los 1 729 537 migrantes venezolanos en Colombia, según los datos ofrecidos por Migración para diciembre de 2020. Trajo consigo un pesado bolso lleno de títulos y diplomas, que incluyen hasta un doctorado, experiencias y conocimientos que hoy comparte con más de 50 alumnos de la UniGuajira. El número irá creciendo a medida que vayan ingresando nuevos estudiantes a la carrera universitaria, que actualmente se encuentra a solo dos semestres de egresar su primera promoción de licenciados en música y que ni siquiera la pandemia ha frenado, pues de manera ágil el programa ha migrado hacia la virtualidad.

Giménez ha grabado todas sus clases en video, con ejemplos sonoros para adecuarse a la creación de aulas virtuales exigidas por la Universidad de La Guajira, además de las clases sincrónicas y la creación de un canal de YouTube, donde los estudiantes pueden encontrar contenidos asociados a su proceso de formación musical.

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Antonio Giménez, el profesor migrante comparte su experiencia y amplia formación musical con más de 50 alumnos de la Licenciatura en Música de la Universidad de La Guajira. Fotos: archivo personal Antonio Giménez.

Un viaje París – Riohacha con escalas gloriosas

Dicen que es complejo ser profeta en su propia tierra, sin embargo, Antonio lo logró. La tradición artístico musical de su familia jugó un rol importante en la forja de su carrera y en su formación, que comenzó quizá sin darse cuenta en las fiestas familiares llenas de música en vivo, tertulias e intenso olor de pinturas de óleo recién plasmadas sobre grandes lienzos. Creció rodeado de compositores, pianistas, cantantes, poetas y artistas plásticos de su familia paterna y materna, entre Quíbor y Barquisimeto, dos ciudades del centro occidente de Venezuela, la última conocida como la ciudad musical del país vecino.

A los diez años comenzó sus estudios de música clásica de manera privada y a los 17 ingresó a la Licenciatura en Música en el Instituto Universitario de Estudios Musicales, en Caracas, hoy rebautizado como UNEARTE. Para 1997, Giménez, que hoy representante de internacionalización del programa de música de la Universidad de La Guajira, recibió un crédito educativo de parte de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho (FundaAyacucho) para ir a estudiar Dirección de Orquestas al Conservatorio Nacional de Región de Reims, en Francia, donde también obtuvo un Diploma en Composición de Música para cine en la Escuela Normal de Música de París.

Era la Venezuela de la apertura y la nacionalización petrolera, que para ese momento llevaba más de 20 años ejecutando un programa que financiaba estudios en el extranjero para sus ciudadanos, con el compromiso de regresar al país a aplicar y compartir todo lo aprendido. Por esas fechas, en Colombia nacían las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), junto a una ola de masacres que hacían que las movilizaciones internas y externas se hicieran cada vez más comunes y lo desdibujaban del mapa de quienes deseaban migrar a otro país. Un panorama contrario a la de la Colombia que ahora ha recibido al 42 % del total de migrantes venezolanos, que han salido empujados por la actual crisis, según la ENCOVI 2019 – 2020.

Giménez cumplió su compromiso. Regresó a Venezuela tras culminar sus estudios para dirigir distintas orquestas del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, también conocido como ‘El Sistema’; además de dar clases. Entre sus alumnos se encuentra el reconocido director de orquestas Gustavo Dudamel, primer violín de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Lara, que el mismo Giménez dirigía por la época. También fue, durante diez años, el director artístico de la Banda de Conciertos del estado Lara —una institución con 137 años de tradición y trabajo continuo desde su fundación en 1884—.

Por largo tiempo, el músico disfrutó la gloria de trabajar en su área de estudio profesional y su pasión. Hasta que, en 2017, la inflación en su país se hizo insoportable. Ese año cerró en 2.616 %, según las cifras ofrecidas por una comisión especializada del Parlamento venezolano, de mayoría opositora hasta 2020. Un número escandaloso por sí solo, que pulverizó los ingresos del profesional y padre de familia, quien recuerda que en ese justo momento se planteó la idea de migrar.

“Me pagaron mi sueldo, fui a hacer mercado y todo se me fue en un litro de leche, un cartón de huevos y unas verduras. No había más plata para todo el mes. Los meses siguientes recurrí a la venta de los equipos de mi estudio de grabación y algunas joyas para poder comer y pagar los gastos de mi hijo, y eso que mi esposa también trabajaba”, recuerda. La esposa y madre de su hijo, es la misma cronista que escribe estas líneas.

“A los dos meses se dio lo del concurso en la Universidad de La Guajira y cuando me notificaron que había sido seleccionado no dudé en viajar a Colombia”, relata dando luces de una de las razones por las cuales cientos de músicos han tomado su instrumento y cruzado la frontera.

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El director de orquestas, con sólida formación en el mundo de la música clásica, trabaja con un grupo de investigadores y artistas para fusionar lo mejor del vallenato con lo mejor de la música académica, y convertirlo en un género de reconocimiento global. Fotografías: archivo personal de Antonio Giménez.

Una sinfonía por dos libras de queso

El factor económico prevalece en la decisión desesperada de los músicos profesionales venezolanos de migrar a distintos países, junto a otras razones que Leonor Freitez, flautista y exdirectora ejecutiva de la Banda de Conciertos del estado Lara, conoce y detalla.

“La mayoría de los sueldos de los músicos son el equivalente a un kilo de queso. Entonces te aumentan el salario y te alcanza para dos kilos de queso y uno de arroz, pero al mes siguiente, el aumento solo alcanza para un kilo de queso nuevamente”, explica la flautista haciendo referencia al proceso inflacionario que incide en el aumento de bienes y servicios, y devalúa a diario los ingresos de un trabajador promedio.

Leonor se formó en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, desde los 12 años, alcanzando a desempeñarse como músico ejecutante de distintas orquestas y profesora de instrumentos de viento madera del mismo sistema. Eso le permite hablar con propiedad sobre las orquestas, los músicos venezolanos y cómo la migración “está afectando de manera mortal a la música académica y a las orquestas en Venezuela”.

“Los músicos venezolanos también migran por la inseguridad. Nos volvimos blanco de atracos y robos porque andamos en la calle de noche, cuando terminan los espectáculos con un instrumento costoso, y eso ha hecho que hasta te roben y luego te pidan que pagues un dinero para recuperar el instrumento… Se junta también mucha frustración, de tanto que se estudia y cada vez es menor el ingreso y menor el valor que le dan al trabajo del músico, sin dejar por fuera la politización de todas las instituciones culturales. Las orquestas y las bandas en Venezuela dependen de los gobiernos, ya sea nacional o local, entonces nos acorralaron. Nos afectaron la ética y la dignidad, al pedirnos usar una camisa del color del partido, asistir a concentraciones y hacer campaña política. Mucha gente, eso no lo aguantó”, explica Freitez, quien también es barquisimetana.

Ella aún integra la Banda de Conciertos del estado Lara, por un salario mensual de tres dólares americanos, al cambio de Bolívares soberanos, la moneda que ha ido cediendo su lugar a la “dolarización forzada” que se vive en Venezuela desde 2019, según lo explica el economista José Guerra.

Las renuncias a los cargos en las orquestas de Venezuela, durante 2016 y 2018, se convirtieron en una historia repetida, incluso cinco veces en un mismo mes, según lo relata Freitez, amparándose en los trámites que le correspondió agilizar como directora de la Banda de Conciertos para ese momento.

“Casi el 30 % de los músicos de la Banda renunciaron y todas las renuncias que se produjeron en 2018 fueron porque se iban del país. Al ser músicos de tan alto nivel, reemplazarlos no resultó sencillo. En 2019 el foco estuvo en reemplazar músicos para poder seguir ofreciendo conciertos con la plantilla completa, pero ha sido tan difícil que, incluso antes de la pandemia, seguían existiendo plazas desiertas para oboe, saxofón y clarinetes, porque lo que había eran niños con segundo o tercer nivel de un instrumento y era imposible que pudieran integrarse a una banda con un repertorio complejo. Esas bajas por supuesto que también han afectado el nivel artístico de las orquestas y las vacantes siguen existiendo”, asegura la flautista.

Así, la historia se repite en todo el país, incluso en la Orquesta Simón Bolívar, que representa la cúspide del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, y que se ha visto obligada a renovar su plantilla por la migración a gran escala. Al extremo que, en 2019, en Estados Unidos nació la orquesta Bolívar Phil, conocida popularmente como la ‘Simón Bolívar de Miami’, pues, según Carlos Aragón, uno de sus creadores, el 95 % de los músicos que la componen son venezolanos.

Los relatos del músico migrante y los datos que comparte la exprofesora de ‘El Sistema’, brindan contexto a las estadísticas que muestra Migración Colombia en su documento ‘Distribución de venezolanos en Colombia 2020’, que refleja cómo los ciudadanos del país vecino pasaron de 23 573 en 2014 a 1 174 743 en 2018, el mismo año en que Antonio Giménez decidió recomenzar su vida en Colombia y que, según las mismas estadísticas, fue cuando se recibió la mayor cantidad de migrantes desde que se inició el fenómeno.

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Luego de su postgrado en Francia, Antonio Giménez regresó a su Venezuela natal para dirigir distintas orquestas y dar clases, contando entre sus alumnos a Gustavo Dudamel antes de su internacionalización. Fotos: archivo personal de Antonio Giménez.

El pentagrama de la integración

De aquel primer encuentro entre el profesor oriundo de Venezuela y el vallenato, han pasado tres años. Durante ese tiempo, el músico ha elaborado una biblioteca de sonidos y patrones del género para usar creativamente en arreglos y composiciones originales, que comparte con sus alumnos y compañeros de trabajo.

Esa biblioteca le permite sumar a la lista de reproducción de música universal, con la que llegó a Colombia, las piezas de Luis Enrique Martínez, Alejo Durán, Juancho Polo Valencia, Leandro Díaz, Diomedes Díaz, Silvestre Dangond y distintos trabajos de vallenato acústico, entre los que destaca ‘Sólo Clásicos’ de Peter Manjarrés, el cual define como “una joya vallenata”.

En 2019, Antonio Giménez fue seleccionado como jurado del Festival Francisco el Hombre, un importante espacio cultural para la formación de intérpretes vallenatos. Esa oportunidad, que considera una honra, le permite evidenciar su vinculación profunda con el género musical y con el territorio que lo ha recibido. Hoy, el profesor sueña con la creación de un estudio de postgrado en Vallenatología, que le gustaría poder liderar en el futuro.

El rol de docente e investigador de la Uniguajira, le ha permitido al músico migrante desarrollar un trabajo de equipo, manteniendo la pauta inicial muy clara: “universalizar el vallenato”, meta para la cual la Universidad de La Guajira ha considerado los aportes de locales y foráneos. Junto al grupo de profesionales colombianos, además de Giménez, figuran Freddy Flores Ávila y Vanessa Pérez Cárdenas, dos músicos profesionales venezolanos, quienes comparten conocimientos en el aula de clases y robustecen el desarrollo investigativo de la institución.

“La presencia de los músicos venezolanos en la Licenciatura en Música, más que favorable, la considero indispensable porque es una oportunidad para el territorio tener profesores de un país que tiene mucho más avance en el campo de la música que el nuestro, muy a pesar de su crisis… Los músicos venezolanos tienen el bagaje de la música universal y además entienden perfectamente la cultura caribeña, eso ha sido ganancia para nosotros”, asegura Bermúdez, el profesor líder del proceso investigativo.

Los alumnos secundan la idea del profesor guajiro. Francisco Palencia, violinista y estudiante de la carrera, dice que tener profesores venezolanos en la carrera es muy valioso y admira la amplitud con la que el Profe Antonio, como lo llaman los estudiantes, resuelve dudas de sus materias y de cualquier otra que le consulten. “Siempre está abierto a dar más de lo que corresponde, profundiza, comparte detalles, va más allá de lo que pueda exigir un programa y eso hace que uno vea todo con mayor claridad”, comenta Palencia.

Oswaldo Figueroa, clarinetista riohachero y también estudiante de música, rescata la paciencia del profesor y la naturalidad con la que transmite hasta los conceptos más complicados, y asegura que el Profe también representa la integración de unos y otros.

“Los guajiros tenemos mucha cercanía con Venezuela y la integración ha sido mutua, hablamos el mismo idioma que va más allá del español, hablamos el lenguaje de la música, a veces con los modismos de cada país, pero él nos ha enseñado los suyos y nosotros los nuestros y eso ha borrado cualquier barrera”, explica Figueroa.

El estudiante cuenta entre risas que ha habido oportunidades en que piden permiso para retirarse antes de que finalice la clase, porque “les salió una moña”, expresión que, entre los músicos colombianos, hace referencia a algún compromiso artístico de poca formalidad. El profesor les autoriza diciéndoles “vayan a matar su tigre”, el modismo que los músicos venezolanos emplean para el mismo fin.

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El director de orquestas, con sólida formación en el mundo de la música clásica, trabaja con un grupo de investigadores y artistas para fusionar lo mejor del vallenato con lo mejor de la música académica, y convertirlo en un género de reconocimiento global.  Foto: archivo personal de Antonio Giménez.

Tan universal como Aureliano Buendía

“En el conjunto vallenato el piano es de reciente inclusión y principalmente se usa como un instrumento acompañante. Al introducir la modalidad del piano solista en el vallenato, se lleva el género a una dimensión más universal, se evoluciona su lenguaje y, por ende, su técnica de ejecución se hace más compleja, pero conservando la esencia de la música que le dio su origen”, explica Giménez en referencia a su trabajo ‘Pianística Vallenata’.

Se muestra convencido de que su aporte va a sumar a la meta que como equipo de trabajo se han trazado: “parir a los Astor Piazzolla (Argentina), a los Heitor Villa-Lobos (Brasil), de la música vallenata, para un movimiento mundial que va a acaparar las miradas”, como bien lo explica Roger Bermúdez, líder de la investigación. Su ejemplo se refiere a los músicos que llevaron a otro nivel la música popular argentina y brasileña, respectivamente.

Ambos docentes coinciden en que el vallenato es un género de resistencia cultural, pues ha mantenido su vigencia sin dejarse desplazar por otros, característica que, con el paso de los años, lo ha convertido en una música popular muy fortalecida en América Latina y que ahora mismo se encuentra en plena expansión y desarrollo.

 La versión para piano solista de ‘Alicia Adorada’, original del compositor colombiano Juancho Polo Valencia, se presenta con arreglos de Antonio Giménez en la ‘Pianística Vallenata’, parte del trabajo de investigación que desarrollan desde la Universidad de La Guajira, con la intención de universalizar el vallenato.

“Hay dos formas de universalizar el vallenato, la primera forma la está realizando la industria musical colombiana a través de las producciones discográficas y de videoclips, de hecho, ya existe una categoría propia en los premios Latin Grammy para cumbia-vallenato y eso es un gran avance. La otra forma es desde la academia: investigando, recopilando y creando obras de alta complejidad musical y alto nivel técnico de ejecución, que en principio no serían aptas para el mercado comercial, pero que influirían en la sociedad a mediano o largo plazo, haciendo evolucionar el lenguaje vallenato. Para mí en el uso simultáneo de estas dos formas se encuentra la manera de llevar el vallenato a consolidarse como un género musical universalmente sólido y artísticamente validado”, expone el docente. Asegura que, junto a sus compañeros, realiza un trabajo hecho con mucho respeto, a partir de reflexiones muy profundas para otorgarle al vallenato el valor que merece.

Así pues, desde La Guajira, el quinto departamento colombiano con mayor cantidad de migrantes venezolanos, 149 575 según Migración Colombia en su primer informe de 2021; trabajan, sin importar la nacionalidad, en un ambicioso proyecto que pretende convertir su música en lo que el realismo mágico le ha representado a la literatura del país, a través un género que más allá de las temáticas universales de sus canciones, suene en los teatros del mundo sin que pierda la esencia de pueblo, que por años le ha otorgado calor y color.

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La migración venezolana de músicos profesionales ha traído grandes aportes a la Licenciatura en Música de la Universidad de La Guajira, según Roger Bermúdez, el creador del programa de música. Fotos: archivo personal de Antonio Giménez.


Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción (CdR), la Konrad Adenauer Stiftung (KAS) y el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), como parte del proyecto ‘Pistas para narrar e investigar la migración’. Las opiniones presentadas en este artículo no reflejan la postura de estas organizaciones.

 

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