El canto de esperanza de las ranas arlequín

La reaparición de especies de rana arlequín (Atelopus) en la Sierra Nevada de Santa Marta ha encendido una luz de optimismo para los científicos y conservacionistas que buscan detener el avance de la quitridiomicosis, una pandemia letal que amenaza a los anfibios de todo el planeta.

Historias en clave verde. Segunda edición

El canto de esperanza de las ranas arlequín

Autor:

Miguel González Palacios

Octubre 08 de 2021

A finales de 2019, un equipo de investigadores y conservacionistas registró en la Sierra Nevada de Santa Marta, en el norte de Colombia, el avistamiento de una especie de rana que se creía extinta. La Atelopus arsyecue, conocida como la rana arlequín de la noche estrellada por las manchas blancas que resaltan sobre el color negro de su piel, no se veía hacía más de 30 años. La noticia fue recibida con entusiasmo por la comunidad científica y los medios de comunicación, pues en medio de la extinción masiva que atraviesa el planeta, la reaparición de una especie es motivo de esperanza.

01 Atelopus Arsyecue

Un ejemplar de rana arlequín de la noche estrellada (Atelopus arsyecue) en medio de una quebrada. Foto de Fundación Atelopus

De las cerca de 8000 especies de anfibios que se estima existen en el mundo, el 41 % está en peligro de extinción, de acuerdo con la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), un inventario que recopila información sobre el estado de conservación de diferentes especies de animales y plantas. Esta cifra los convierte en los vertebrados más amenazados del planeta, superando a los tiburones y rayas (37 %), a los mamíferos (26 %) y a las aves (14 %). Dentro del orden de las ranas, el género arlequín o Atelopus es uno de los más críticos, pues de las 99 especies que han sido descritas hasta hoy, 78 están amenazadas.

Una de las causas principales de este declive es el rápido avance de la quitridiomicosis, una enfermedad infecciosa provocada por el hongo quitridio Batrachochytrium dendrobatidis, conocido como Bd. Esta enfermedad se ha convertido en una pandemia que amenaza la supervivencia de anfibios y reptiles en todo el mundo. Por esto, la reaparición de la rana arlequín de la noche estrellada fue, para muchos científicos, como una luz en la oscuridad; un indicador de que las ranas de la Sierra Nevada han desarrollado algún tipo de resistencia o adaptación al hongo Bd que podría ser la clave para detener la extinción de uno de los grupos de vertebrados más importantes del planeta.

Las ranas y la quitridiomicosis

“Las Atelopus son más sapos que ranas”, afirma una mañana de agosto Lorenzo Bautista, campesino, guía naturalista y consultor ambiental de la zona rural de Minca, en la vertiente norte de la Sierra Nevada, mientras tomamos un café recién tostado en La Victoria, una de las fincas cafeteras más antiguas de Colombia.

La diferencia entre estos dos términos no tiene rigor científico, pero, para la mayoría de las personas, las ranas tienen la piel lisa y los sapos tienen la piel rugosa y glándulas más visibles. Ambos, sin embargo, pertenecen al orden Anura, nombre científico que en griego significa “sin cola”.

Las ranas del género Atelopus son muy diversas y se caracterizan por su pequeño tamaño, de entre 20 y 60 centímetros, su comportamiento diurno y sus colores intensos y brillantes. “Son las joyas de nuestros bosques”, afirma Lina Valencia, coordinadora de los países andinos para Re:wild, una organización internacional que trabaja para la conservación y la restauración de la biodiversidad en más de 50 países. Lina es también una de las promotoras de la Iniciativa de Supervivencia Atelopus, una coalición de individuos y organizaciones creada recientemente para proteger las poblaciones de ranas arlequín y mitigar las amenazas que las afectan. “Tú vas caminando por un bosque completamente verde y de pronto ves una cosa morada, roja o anaranjada”.

La mayoría de estas ranas viven alrededor de las quebradas, riachuelos, pantanos, lagunas y otros cursos de agua de elevaciones medias y altas en la zona tropical que se extiende desde Costa Rica, en el norte, hasta Bolivia, en el sur, y la Guayana Francesa, en el oriente.

Se reproducen mediante un abrazo nupcial conocido como amplexo, una forma común de apareamiento entre los anfibios, que dura desde unos cuantos minutos a varios días, pero que en el caso de las Atelopus puede durar de tres a cuatro meses. Durante todo este tiempo, el macho permanece abrazado sobre la espalda de la hembra, sin alimentarse, esperando que ella tenga las condiciones fisiológicas y encuentre el caudal adecuado para poner los huevos en las quebradas. De esta manera, el macho trata de impedir que otros machos los fecunden. Mientras espera puede perder hasta el 60 % de su masa corporal.

02 Amplexo Atelopus Laetissimus

Dos ejemplares de Atelopus laetissimus en amplexo, forma de reproducción característica de los anfibios. Foto de Fundación Atelopus.

Como la gran mayoría de los anfibios, la piel de las ranas arlequín es fisiológicamente activa; es decir, que participa activamente en la regulación de la respiración, el agua y los electrolitos. Esto las hace particularmente vulnerables a la infección provocada por el hongo quitridio Bd. Este se adhiere a la piel al entrar en contacto con el agua, que contiene esporas de otros animales infectados (ver infografía), lo que les provoca un cambio abrupto de temperatura, pérdida de minerales, asfixia progresiva, reducción de su defensa inmune e incluso la muerte. Los rasgos más visibles de esta infección son resequedad en la piel y, según los biólogos, un aspecto depresivo en su mirada y su comportamiento.

Al igual que las ranas, el hongo Bd habita en localidades montañosas con alta humedad y climas templados. Sin embargo, los científicos todavía están tratando de entender por qué la quitridiomicosis tiene una mortalidad cercana al 100 % en algunas poblaciones, mientras que en otras solo produce algunas muertes esporádicas. Tampoco existe un consenso en la comunidad científica sobre su origen. Se cree que pudo haberse originado en África o Asia, y que viajó hacia otros continentes por medio del tráfico de especies, como la rana de uñas africana (Xenopus laevis), para luego propagarse sobre el calzado y la ropa de transeúntes humanos que habían visitado localidades contaminadas con el hongo.

El Bd fue formalmente descrito en 1999, como resultado de las investigaciones sobre la drástica disminución de anfibios que se venía registrando en todo el planeta desde la década de los ochenta. La infección producida por este hongo ha sido señalada como la principal responsable de la extinción de especies de rana arlequín como Atelopus chiriquiensis, endémica de Costa Rica; el jambato esquelético (Atelopus longirostris), de Ecuador, y la rana amarilla de Maracay (Atelopus vogli), en Venezuela.

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El “milagro samario”

La Sierra Nevada de Santa Marta es un verdadero hotspot o punto crítico de biodiversidad, pues presenta un alto grado de endemismo por ser un sistema montañoso independiente, aislado de los Andes y otras serranías. Debido a su gran variación de altura, que va desde el nivel del mar en la costa del Caribe hasta los picos nevados Bolívar y Colón, las cimas más altas de Colombia a 5775 metros de altura, en la Sierra se encuentran prácticamente todos los pisos térmicos del trópico, desde el cálido seco hasta las nieves perpetuas.

De las 41 especies de rana arlequín que viven en Colombia, casi la mitad del total mundial, cinco son endémicas de la Sierra Nevada; es decir, no se encuentran en ningún otro lugar del planeta. De estas, cuatro han sido observadas y estudiadas en los últimos 15 años y parecen tener poblaciones estables a pesar de estar incluidas en la lista roja de la UICN con algún grado de amenaza.

Además del avistamiento en 2019 de la rana arlequín de la noche estrellada, entre 2006 y 2008 se reportaron avistamientos de Atelopus laetissimus y Atelopus nahumae en la cuenca del río Minca y de Atelopus carrikeri en el páramo de Cebolletas. Estas especies no se veían desde hacía más de 12 años. La quinta especie que habita la Sierra Nevada, Atelopus walkeri, es la única de la que no se tienen reportes recientes.

Las cuatro clases que sí persisten allí han sido llamadas “especies lázaro”, un término acuñado recientemente en la comunidad científica para referirse a especies que vuelven a ser vistas después de que se creían extintas. El nombre hace referencia al relato bíblico de Lázaro de Betania, que vuelve a la vida y se levanta de su lecho de muerte tras escuchar las palabras de su sobrino, Jesús de Nazaret.

04 Picos Nevados

 Los picos Bolívar y Colón coronan la Sierra Nevada de Santa Marta a 5775 metros sobre el nivel del mar, lo que la convierte en la cadena montañosa costera más alta del mundo. Vista desde la Cuchilla San Lorenzo. Foto de Miguel González Palacios.

De acuerdo con José Luis Pérez, miembro de la Fundación Atelopus, una organización de la ciudad de Santa Marta que trabaja en la investigación y conservación de las ranas y otros animales en el Caribe colombiano, lo más sorprendente en el caso de la Sierra Nevada es que en el mismo transecto se han encontrado hasta más de 30 ejemplares de ranas arlequín, incluyendo uno de Atelopus laetissimus, conocido como ‘el viejito’, “que lleva más de 11 años desde que empezamos a monitorear, se ha recapturado en todos los muestreos, en la quebrada. Y tiene rastros de Bd”, afirma.

La continuidad de esta especie “es algo que nos llena mucho de alegría a nosotros, porque encontrar a un individuo en buenas condiciones durante tanto tiempo nos habla de cómo se encuentra la población, de que tiene las condiciones idóneas en su ambiente para sobrevivir tanto tiempo”, dice José Luis.

La existencia de poblaciones relativamente estables y el avistamiento de ejemplares de especies de ranas arlequín que se creían extintas ha sido un faro para los científicos que luchan por detener su desaparición. De acuerdo con Lina Valencia, de Re:wild, las Atelopus de la Sierra Nevada podrían ser “el Santo Grial, la respuesta, la solución a la conservación de las ranas arlequín, porque si estas especies están aparentemente estables, hay esperanza para las otras”.

¿Una noche sin estrellas?

La desaparición de poblaciones de ranas es una mala noticia para todos los seres vivos del planeta, incluyendo los seres humanos, por varias razones. Por un lado, estos anfibios ocupan una posición central en las cadenas alimenticias; son depredadores de animales pequeños y comen hierbas, tanto acuáticas como terrestres, y, a su vez, son presas para otras especies más grandes como aves, reptiles y mamíferos. Las ranas también desempeñan otras funciones ecológicas muy importantes como el control de plagas y de enfermedades que podrían afectar a los seres humanos, como el dengue y la chikunguña.

La ausencia de ranas puede causar un desbalance en el funcionamiento de los ecosistemas que desencadene, como un efecto dominó, la extinción de otras especies y una mayor pérdida de biodiversidad. “Todo está en el mundo por una razón, así no la entendamos nosotros”, lo resume Valencia.

Por otro lado, como dice la doctora Nikki Roach, coordinadora de conservación de anfibios y reptiles del Centro Global para la Supervivencia de las Especies, la desaparición de ranas “es una señal de que algo está mal en el medioambiente y que lo tenemos que arreglar. No solo por las ranas, sino por nuestra propia supervivencia”. Los científicos consideran que la abundancia de estos animales es un indicador sobre el buen estado de un ecosistema y entienden su declive como una señal de alarma sobre posibles amenazas para la salud de los humanos. Es un indicador poderoso, pues, como el resto de los anfibios, la vida de las ranas se desarrolla tanto en el agua como en la tierra —anfibio significa en griego “entre dos mundos”—. En esa medida, su declive es un síntoma del deterioro tanto de los ecosistemas acuáticos como terrestres.

De hecho, a pesar de las enormes diferencias que existen entre los seres humanos y las ranas, hay algo que nos une íntimamente: el agua. “Si desaparecen las poblaciones de ranas, esto quiere decir que hay algo mal con el agua, que es el medio donde ellas se reproducen y pasan las primeras etapas de su ciclo de vida, y es la misma que luego llega a las ciudades para que podamos beber y cocinar”, explica la doctora Roach.

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Las quebradas y cursos de agua de las partes medias y altas de la Sierra Nevada son el hábitat natural de las ranas arlequín. Foto de Miguel González Palacios.

La extinción de las ranas también tendría un impacto en la cultura de muchas comunidades indígenas que ven a estos animales como un símbolo de fertilidad, además de usarlos para rituales, el tratamiento de enfermedades y como referencia para las actividades agrícolas. Este es el caso de los arhuacos y los demás pueblos indígenas de la Sierra Nevada, para quienes la gouna —nombre de la rana arlequín en lengua arhuaca— es un indicador de los ciclos de la vida y de la naturaleza, una suerte de calendario biológico.

El ciclo de reproducción de la rana arlequín de la noche estrellada, por ejemplo, es usado como referencia para el cultivo de productos, como un tipo de maíz especial que es la base de la alimentación de los jóvenes que están en proceso de formación para ser líderes espirituales o mamos.

La desaparición de una especie implica “la pérdida de millones de años de desarrollo genético, de biodiversidad, de información que de pronto puede ayudarnos a encontrar algo importante para nosotros”, como afirma la doctora Roach. Esta visión la comparte Ruperto Chaparro Villafaña, líder de la comunidad arhuaca de Sogrome, en la vertiente oriental de la Sierra Nevada, a dos días de camino de Valledupar. Aunque por el momento no se han identificado usos medicinales de las ranas arlequín, dice, “la información genética existente en el alimento, en las especies animales, seguro que nos da chance para desarrollar medicina más avanzada que nos permita a nosotros sobrevivir”.

Develando el misterio

Hay dos hipótesis principales sobre la manera en que las ranas arlequín de la Sierra Nevada estarían resistiendo a la pandemia de quitridiomicosis. La primera sugiere que la capa bacteriana que recubre su piel actúa como una defensa inmunitaria que inhibe el crecimiento del hongo Bd. Esta conjetura ha sido explorada especialmente por Vicky Flechas, investigadora del Instituto Humboldt, mediante pruebas de laboratorio con muestras recolectadas de varias especies de ranas, incluyendo Atelopus elegans, endémica de la isla de Gorgona, en el Pacífico colombiano.

Esta es una de las tesis que está explorando actualmente la Fundación Atelopus. En caso de encontrarse evidencia que la valide, las bacterias podrían aislarse para luego usarlas en otras especies de ranas arlequín. De esa manera, se podría revisar si efectivamente estas bacterias pueden proteger a otras ranas contra el hongo Bd.

La segunda hipótesis apunta a que estas especies de Atelopus estarían resistiendo a la quitridiomicosis por medio de una estrategia de reproducción conocida como “estrategia de la R”. Esta, característica de especies de pequeño tamaño que se encuentran en hábitats inestables, como las ranas arlequín, consiste en poner grandes cantidades de huevos para garantizar la supervivencia de la especie. “Las poblaciones se están reproduciendo tan rápido, están reclutando tan rápido, que no se está extinguiendo la población”, afirma Lina Valencia. Esto ha sucedido, por ejemplo, con Atelopus cruciger, la única de las nueve especies de rana arlequín de Venezuela de la que se ha tenido reportes en los últimos años.

“Si sobreviven por lo menos un tercio, sabiendo que tienen una probabilidad muy baja de llegar a juvenil o adulto, lo que hacen es colocar una mayor cantidad de huevos para asegurar la supervivencia de por lo menos un tercio”, dice José Luis Pérez.

Canto agonístico de Atelopus laetissimus. Crédito: Fundación Atelopus

A estas hipótesis se suman otras relacionadas con la cepa específica del hongo que vive en la Sierra Nevada, las condiciones geográficas de la Sierra que habrían limitado su propagación, las características del ecosistema que habrían inhibido su desarrollo o incluso otras que sugieren que las ranas arlequín están reapareciendo después de haber superado el pico más letal de la pandemia.

Volver sin haberse ido

Para las comunidades indígenas que habitan la Sierra Nevada, la gouna no es una especie lázaro, ni mucho menos. “Nunca ha desaparecido para nosotros, ni siquiera un año, esta rana siempre estuvo ahí”, asegura Ruperto Chaparro, quien fue el encargado de iniciar el contacto con la Fundación Atelopus para que fuera a su comunidad a registrar la “reaparición” de la rana arlequín de la noche estrellada.

Según él, lo hizo movido por el deseo de su comunidad de liberarse de “ese amarre que sentimos por estar prevenidos a la diferencia, a sentirnos como en peligro, ese aguante que tenemos que nos desgasta sin poder conectarnos con la verdadera imaginación para evolucionar como sociedad”.

En efecto, las comunidades indígenas que habitan en las partes medias y altas de la Sierra Nevada han mantenido por siglos una actitud reticente al paso de foráneos, como consecuencia de su interacción conflictiva con el Estado y los colonos colombianos a lo largo de la historia. Esto puede haber contribuido a limitar la propagación del hongo Bd, particularmente a través del calzado y la ropa infectada, como también a que la Sierra Nevada se mantenga como uno de los lugares menos explorados del planeta.

Para poder registrar el ejemplar de la rana arlequín de la noche estrellada a finales de 2019, el equipo de la Fundación Atelopus tuvo que pasar por un largo proceso de concertación con la comunidad de Sogrome, que incluyó tres años solamente de conversaciones y luego cuatro viajes al territorio. Las autoridades espirituales de la comunidad (los mamos) únicamente les permitieron llevar cámaras fotográficas para hacer el registro en el último viaje.

“Era como una vaina de locos, porque tú sabes que uno como científico quiere es como la evidencia –dice José Luis Pérez–. Entonces fue como un reto, que ellos (la comunidad de Sogrome) llamaron ‘resistiendo la tentación".

De acuerdo con Lorenzo Bautista, otra razón que ha mantenido a la Sierra Nevada como un lugar relativamente inexplorado es la falta de equipos y de recursos para hacer un monitoreo constante de biodiversidad. Esto puede haber llevado a que se piense que hay especies que están “resucitando”, cuando en realidad nunca han desaparecido. Esta falta de estudios no solo es latente en el caso de los anfibios, sino también en el de los insectos, las orquídeas y las plantas en general. “Por eso ahora el término es ‘posiblemente extinta’, porque es que ahora ya no se sabe en realidad”, señala Pérez.

06 Selva Sierra Nevada

 La densa vegetación de la Sierra Nevada de Santa Marta, uno de los lugares menos explorados del planeta. Foto de Miguel González Palacios.

Sin embargo, como aclara la doctora Nikki Roach, lo anterior no quiere decir que todas las especies que se creen extintas estén simplemente ocultas, pues esto depende del caso particular de cada una y hay algunas que no han podido ser encontradas a pesar de que se les ha buscado varias veces.

Más de una amenaza

Además de la quitridiomicosis, las ranas arlequín se enfrentan a otras dos grandes amenazas para su supervivencia: el cambio climático y la degradación de los ecosistemas en los que viven. Algunos especialistas creen incluso que el hongo Bd ha estado presente históricamente en los hábitats de los anfibios, pero que los cambios en las condiciones ambientales los volvieron más susceptibles a la infección y al Bd más agresivo.

Las ranas arlequín son muy sensibles a las grandes variaciones de temperatura, al aumento de las temperaturas máximas y mínimas y a la mayor exposición a los rayos UV. Esto les puede producir cambios abruptos de la temperatura de la sangre, producción descontrolada de saliva, fallas en el hígado, desequilibrio de sales y agua en el cuerpo y, en algunos casos, la muerte. Su fragilidad es tal que todo esto podría sucederles con tan solo agarrarlas por unos pocos minutos entre una mano humana.

Estos anfibios también están sufriendo con los veranos más largos y con el fenómeno de El Niño, un evento climático cíclico que provoca una reducción drástica de las lluvias y de la humedad en la Sierra Nevada y gran parte de Colombia. Con el aceleramiento del calentamiento global, El Niño se está haciendo más frecuente, largo e intenso. Para las ranas, sobrevivir a cuatro o más meses de humedad nula y a las laceraciones cutáneas que les producen los rayos del sol es un reto cada vez mayor.

A esto se suma el impacto directo de actividades humanas como la ganadería y la producción de café que causan, entre otras cosas, deforestación, pérdida de hábitats y de las zonas de reproducción, contaminación del agua y aumento de la acidez del suelo.

Y si bien todo esto no afecta únicamente a las ranas, para ellas representa un peligro mayor por una sencilla razón: debido a su pequeño tamaño, su movilidad es reducida y tienen rangos de hogar que no superan, en promedio, los 200 metros. Por esto, “no pueden caminar o moverse para adaptarse al cambio climático, entonces tienen que adaptarse o van a morir. Las aves, los mamíferos, pueden volar o caminar, pero las especies que son más pequeñas no tienen esta opción”, afirma Roach.

Brillando hacia el futuro

Mientras avanzan la recolección y análisis de muestras de capa bacteriana para poder eventualmente desarrollar una “cura” contra la quitridiomicosis, la Fundación Atelopus también trabaja en la descripción de una nueva especie endémica de la Sierra Nevada. De acuerdo con la Iniciativa de Supervivencia Atelopus, se estima que unas 29 especies adicionales a las 99 que han sido registradas hasta hoy aún no han sido descritas.

07 Atelopus Nahumae

Dos ejemplares de Atelopus nahumae en amplexo. Foto de Fundación Atelopus.

Esta es una paradoja de muchas especies de lugares poco explorados. Mientras algunos científicos creen que su situación es mucho más crítica de lo que se piensa, otros no solamente “redescubren” especies, como la rana arlequín de la noche estrellada, sino que además hallan nuevas especies del mismo género. Atelopus fronterizo, una pequeña rana con patrón atigrado amarillo y negro, fue recientemente descubierta en las selvas del Darién, en los límites de Panamá con Colombia, por ejemplo.

Pero más allá de la investigación, la supervivencia de las ranas arlequín depende de acciones concretas y urgentes de conservación, como la reforestación y conservación de las cuencas, además de la recolección de basuras y contaminantes que pueden afectarlas. Para ello, la participación de las comunidades locales es indispensable. Es por esto que otro de los frentes de trabajo de la Fundación Atelopus es el empoderamiento de los campesinos de diferentes localidades de la Sierra Nevada, “para que la comunidad se llene de orgullo, se apropie de lo que tiene, porque si no, no les da importancia a esas especies y son ellos los que están llamados a cuidar su biodiversidad”, dice Sintana Rojas, compañero de José Luis Pérez.

“El hombre debe adaptarse, no solo por sí mismo, sino por las especies que, como las ranas, no pueden adaptarse”, me dice Lorenzo Bautista mientras bebemos una última taza de café luego de regresar de nuestra infructuosa expedición en busca de ranas arlequín. “Son especies sin resistencia”, concluyó.

El futuro de las ranas y el de muchas otras especies, incluyendo la nuestra, depende de nosotros mismos. Para ello, necesitamos colaboración y trabajo coordinado entre actores locales y regionales en diferentes partes del mundo para poder salvar no solo las Atelopus y los anfibios, sino a miles de especies de diferentes órdenes y géneros en todo el mundo. Como dice Lina Valencia, “una constelación brilla más que una estrella”.

Esta investigación hace parte del especial periodístico ‘Historias en clave verde. Segunda edición’, realizado en el marco del proyecto de formación y producción ‘CdR/Lab Periodismo en clave verde’ de Consejo de Redacción (CdR), gracias al apoyo de la Deutsche Welle Akademie (DW) y la Agencia de Cooperación Alemana.

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