La peligrosa coexistencia de un relleno sanitario y una reserva natural en Yotoco

Cada día, 3200 toneladas de residuos sólidos llegan a los rellenos sanitarios del Valle del Cauca. La mayor parte termina en Colomba-El Guabal, ubicado en un pequeño municipio que también posee una de las reservas naturales más importantes de la región: el Bosque de Yotoco.

Historias en clave verde. Segunda edición

La peligrosa coexistencia de un relleno sanitario y una reserva natural en Yotoco

Autor:

Alexander Campos Sandoval 

Octubre 19 de 2021
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Valentín Hidalgo, guardián del Bosque de Yotoco, de pie entre las cercas que demarcan la frontera agrícola que limita con la reserva. Foto de Angie Serna.

A ambos lados de la quebrada El Espinal vuelan mariposas azules y deambulan garzas con plumajes de fantasía. Ambas especies parecen confundidas: junto al caudal no hay ni una flor y dentro del agua no hay un solo pez. El Espinal desemboca en el río Cauca y sirve de frontera entre el relleno sanitario Colomba-El Guabal y las fincas aledañas, dedicadas en gran parte a la ganadería.

Interaseo, operadora del relleno, ha sido sancionada al menos tres veces por la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca (CVC) debido a incumplimientos de los términos de la licencia ambiental con que se le permitió funcionar. Además, contra la empresa se adelantan otros siete procesos sancionatorios, investigaciones que corrían su curso, incluso desde antes que el basurero completara siquiera una década de inaugurado.

Colomba-El Guabal —llamado así por los nombres de las dos haciendas sobre las que está ubicado— nació de la necesidad de clausurar en el menor tiempo posible el basurero de Navarro, donde se arrojaban los desechos de Cali, Candelaria, Yumbo y Jamundí desde principios de los años setenta, hasta que ocurrió una catástrofe ambiental que alertó al departamento sobre sus malas prácticas en la disposición final de residuos.

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Registro tomado el 7 de septiembre durante una visita guiada por personal de Interaseo. Vaso A del relleno sanitario Colomba-El Guabal, actualmente en operación. Al fondo, la cadena montañosa que lo circunda. Según Fabio Salazar, la tierra de la zona “es árida en la que no se puede sembrar. Parece roca de cantera”. Foto de Angie Serna.

En 1974, a pocos años de que Navarro entrara en funcionamiento, el entonces gerente de la Empresa de Servicio Público de Aseo de Cali (Emsirva), Germán Villegas, aseguró: “Navarro es una verdadera vergüenza”. Declaraciones que apuntaban a que el vertimiento de desechos en ese lugar era un peligro, pues no cumplía con los requerimientos de un relleno sanitario como la permeabilización de los suelos, la instalación de chimeneas para liberación de gases, ductos para recolección y tratamiento de lixiviados, entre otros.

Pero lo que ya era problemático pasó a ser crítico con el correr de las décadas, pues mientras que Cali contaba con 804 686 habitantes para 1970, a principios del nuevo milenio la población llegó a más de dos millones y este crecimiento vino de la mano con un aumento en toneladas de desechos que aterrizan sobre los que ya han sido acumulados por años. Así, Navarro pasó de cóncavo a convexo y lo que debía ser un pozo se transformó en colina, para después consagrarse como la montaña “más verde” que hoy adorna el oriente de la ciudad.

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En la estación de transferencia, construida por el operador del relleno sanitario y ubicada en la vía Cali-Palmira, llegan a diario cientos de vehículos compactadores para descargar los desechos en estos camiones. Estos últimos viajan hasta Yotoco, donde se realiza la disposición final de los residuos. Registro tomado el 7 de septiembre durante una visita guiada por personal de Interaseo. Foto de Angie Serna.

Sin embargo, esta montaña se resquebrajó el 14 de septiembre de 2001, generando el derrumbe de los residuos putrefactos a un canal que desembocaba en el río Cauca, de donde gran parte de los caleños recogen el agua para ducharse, cocinar y lavar. Desde ese día se ordenó la clausura definitiva de Navarro, pero esta solo llegó hasta el 25 de junio de 2008, pues sencillamente no se había identificado un lugar adecuado para llevar los miles de toneladas que se generaban a diario.

En ese momento entró en funcionamiento el relleno sanitario Colomba-El Guabal, que si bien cumple los estándares técnicos que Navarro no cumplía, ahora recibe los residuos de muchos más municipios. Aparte de Cali, de donde proviene el 77 % de los desechos, allí se encuentran compactadas las basuras de Calima, Florida, Candelaria, Yumbo, Restrepo, Jamundí, La Cumbre, Dagua, Vijes y Yotoco, del Valle del Cauca, y Villarrica, Caloto, Guachené, Padilla y Santander de Quilichao, del departamento del Cauca. Según Fabio Salazar, gerente de Interaseo, han llegado a recibir desechos de más sitios debido a contingencias en el relleno Presidente, ubicado en jurisdicción de San Pedro.

¿Una solución a medias?

A pesar de que se esperaba una reducción en el impacto ambiental de la disposición de residuos, pocos años después de su inauguración, en 2014, la CVC le impuso a Interaseo una multa de casi 71 millones de pesos. La autoridad ambiental señalaba el daño que las obras de adecuación de una vía le causaron a la quebrada El Espinal. La corporación encontró que la vegetación de la orilla, conocida como margen forestal, fue talada para construir una carretera y, en el curso de la obra, un talud se desprendió sobre el afluente, bloqueándolo como si se tratara de una pared de tierra.

Todavía en agosto de 2021, al caminar por la quebrada, junto al acceso de entrada al relleno, se sienten flotar los sedimentos y la arena en el débil cuerpo de agua. En la superficie brillan las vetas de aceite o grasa, pero por falta de pruebas de laboratorio que comprobaran afectaciones en la composición bioquímica del agua, esto no fue sancionado en 2014.

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Una película de grasa recubre la superficie de la quebrada El Espinal, en inmediaciones del relleno sanitario Colomba-El Guabal. Registro fotográfico del 19 de agosto de 2021.

El 12 de febrero de 2016 llegó una nueva multa tasada en más de 229 millones de pesos (alrededor de 61 000 dólares). La CVC sancionó el vertimiento de lixiviados sin tratar —líquidos tóxicos emanados por las basuras acumuladas— directamente al río Cauca.

Según explica Luz Mery Gutiérrez, directora de la Dirección Ambiental Regional Sur de la CVC, Interaseo recibió permiso para realizar vertimiento de lixiviados previamente el 11 de abril de 2013 pero estos tenían que haber sido tratados previamente.

Fabio Salazar, gerente de Interaseo, dice que la sanción fue injusta. Según explica, la empresa actúa conforme a las necesidades que van surgiendo y eso fue lo que ocurrió con el desagüe, el cual, dice, se hacía necesario para el control de contingencias y la correcta operación de la planta de tratamiento de aguas residuales con la que cuenta el Relleno Sanitario.

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Fabio Salazar, gerente de Interaseo del Valle. Foto de Angie Serna.

“La corporación en ningún momento ha autorizado el vertimiento de lixiviados sin tratar”, aclara Luz Mery Gutiérrez, explicando que el permiso otorgado para los vertimientos tiene unas condiciones de tratamiento para el agua descargada, las cuales son supervisadas por laboratorios externos acreditados por el Ideam. Cada seis meses, Interaseo debe presentar informes con los monitoreos para que sean evaluados por la CVC.

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Registro tomado el 7 de septiembre durante una visita guiada por personal de Interaseo. Lixiviados en cada fase de tratamiento en la planta del relleno. A la izquierda, lixiviados crudos. En el centro, lixiviados tratados con el primer proceso: remoción de carga contaminante, tratamiento físico-químico y tratamiento biológico. A la derecha, lixiviados tratados en el proceso final de purificación mediante ósmosis inversa. Foto de Angie Serna.

El mismo día en que se impuso la nueva sanción, la CVC realizó otra visita al relleno sanitario y encontró un vertimiento con fuerte olor a amoniaco en la orilla del río Cauca. Contrario al leve color amarillo que tienen las aguas tratadas por la planta del relleno, los lixiviados salían del desagüe oscuros y turbios, como lucen antes de recibir el tratamiento químico de limpieza. 

En un boletín de prensa de la CVC se relata que Interaseo intervino el cauce del río Cauca con una retroexcavadora para desviarlo hacia el lugar del vertimiento, de modo que “la descarga se diluyera sin dejar mayor rastro”.

Pese a que ese nuevo proceso sancionatorio se inició en febrero de 2016, al día de hoy todavía se encuentra en estado de “práctica de pruebas”, por lo cual la Corporación no ha tomado ninguna decisión.

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Rafael Gómez, operador de la planta de tratamiento, sostiene un recipiente con lixiviados tratados. Según explica, en 2016 no se aplicaba aún el proceso de ósmosis inversa, por lo cual las descargas permitidas por la CVC debían tener ese color amarillo. Registro tomado el 7 de septiembre durante una visita guiada por personal de Interaseo. Foto de Angie Serna.

Pero esto no es todo, diez meses después, en diciembre de 2016, se inició otro proceso sancionatorio en el que la CVC señaló que algunos de los vasos —nombre técnico de las fosas en que se almacenan los desechos— no estaban cubiertos por una felpa sintética que previene escapes de material por acción del viento.

Los propietarios de fincas vecinas ya habían denunciado que en sus predios habían caído bolsas y material en descomposición que estaba produciendo la muerte del ganado, ya que este lo comía. Incluso, a mediados de agosto de 2021 todavía se veían empaques plásticos atrapados por las ramas y raíces junto al caudal de la quebrada El Espinal, así como en las copas de los árboles cercanos a los contenedores de basura.

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Vaso A del relleno sanitario Colomba-El Guabal. El viento desprende restos de la montaña de basura que terminan en los alrededores. Registro fotográfico del 19 de agosto de 2021.

El recubrimiento de los vasos sirve, además, para prevenir la propagación de bacterias y enfermedades mediante animales como moscas, ratones y gallinazos.

La aparición del “intruso”

Los polluelos revoloteaban entre el follaje que enverdecía un costado del sendero ecológico El Corbón. El rostro y el pecho color crema relucían enmarcados en el café oscuro de su plumaje. Diseño inconfundible del búho soldado, como se conoce por la zona al Aegolius harrisii o búho bicolor. Habían caído —o escapado— del nido, ubicado siete metros arriba en el tronco hueco de un árbol, ahora ocupado por el negro denso de un gallinazo.

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El agujero en este espécimen de corbón (árbol insigne del Bosque de Yotoco) fue escenario de lo que sería una muestra del impacto del relleno sanitario Colomba-El Guabal en la región. Foto de Angie Serna.

“Cada vez que una vaca se desbarranca (muere al caer por un abismo), uno los ve volar (a los gallinazos) en círculos. Pero metidos en el bosque no se veían nunca”, dice Valentín Hidalgo, un hombre trigueño de sonrisa constante que durante los últimos 25 años ha habitado el Bosque de Yotoco.

El sendero ecológico donde aterrizaron los polluelos y el árbol de cuyo orificio provenían son homónimos: el corbón (Poulsenia armata), una ceiba del bosque tropical y árbol característico de la Reserva Natural Bosque de Yotoco.

Poco después de la escena de los búhos y el intruso en el nido, Hidalgo avistó otro gallinazo. Estaba posado en la copa de un balso que, al torcerse por el peso del animal, hizo que unos monos aulladores salieran en desbandada. Un tercer pájaro llegó luego, orondo y vasto, para inclinar su negrura en busca del agua de un pequeño lago ubicado a la entrada de la reserva.

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Mono aullador transitando entre los árboles de la Reserva Natural Bosque de Yotoco. Foto de Angie Serna.

Pese a que los estudios con los que la CVC otorgó la licencia para el proyecto de relleno sanitario Colomba-El Guabal indicaban que este no afectaría la reserva, según el relato de Hidalgo, la aparición de los gallinazos podría estar relacionada con su operación, pues los vertederos de basura están ubicados apenas seis kilómetros al sur del área protegida.

Sin embargo, Felipe Estela, profesor del Departamento de Ciencias Naturales y Matemáticas de la Pontificia Universidad Javeriana, sede Cali, afirma que en esa zona siempre ha habido buitres. “Yo he ido al Bosque de Yotoco seis veces en mi vida, la visita más antigua fue en 1995. En cuatro ocasiones he visto gallinazos”, afirma.

Giovanni Cárdenas, biólogo de la Asociación Calidris, comenta que los gallinazos pueden volar distancias bastante largas. “Los que llegan al Bosque de Yotoco pueden llegar de varias localidades del valle geográfico del río Cauca; pueden provenir de Buga, de las orillas del río Cauca y de la laguna de Sonso, además del relleno sanitario”.

Como se explica en el blog del Grupo de Ornitología de la Universidad Nacional y en la web Aves de Colombia, de la Universidad Icesi y la Asociación Calidris, los gallinazos y buitres se desplazan en grupos y, pese a ser carroñeros, pueden herir o matar a animales indefensos. Sin embargo, “son animales de gran valor ecológico”, una afirmación que respalda el profesor Felipe Estela: “El gallinazo es un animal absolutamente fundamental para todos nosotros. Es el ‘recoge-basura’ de todos nuestros ecosistemas. Sin él estaríamos rodeados de animales en descomposición”, destaca.

A pesar de estos beneficios ecológicos, lugareños como Valentín Hidalgo aseguran que existe un aumento en la población de gallinazos en la zona, pero esto aún no ha sido confirmado por un estudio. En caso de confirmarse, podrían darse impactos en el ecosistema, como ocurre con el aumento de población de cualquier especie.

“Al haber un aumento exagerado de un organismo dentro de un hábitat se puede generar un desbalance en cuanto a los recursos, ya sean alimenticios o de territorio.

Con ello habrá una afectación en todo el ambiente, tanto en la fauna como en la flora. Habrá unas especies muy susceptibles a los cambios, cuyas poblaciones se pueden reducir hasta llegar a cero, otras que se verán afectadas, pero resistirán los cambios y otras que pueden no verse afectadas en absoluto”, dice el biólogo Giovanni Cárdenas.

Afectaciones históricas

El área protegida del Bosque de Yotoco cuenta con 63 años en el ordenamiento territorial nacional y se ha visto amenazada por la construcción de carreteras y por el relleno sanitario, que apenas tiene 13 años de inaugurado.

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Valentín Hidalgo enseña el fruto del granadillo, un árbol que estuvo próximo a desaparecer en la zona y que ahora se conserva y reproduce dentro de la reserva. Foto de Angie Serna.

Sentado en las proximidades de un orquideario, Valentín Hidalgo recordó que “en 2012, cuando iban a hacer la segunda carretera (doble calzada Buga-Buenaventura), un líder del municipio se paró frente a los representantes del Ministerio de Transporte, el Ministerio de Ambiente y la Presidencia de la República y reclamó: ‘¿Qué otra porquería le van a meter a Yotoco?’”.

La raíz de la queja eran las afectaciones a los ecosistemas de la reserva que produjo la primera carretera, la Cabal Pombo, cuyas obras iniciaron en 1952. Como lo han estudiado los académicos Fernando Vargas-Salinas y Fabián López Aranda, la vía ha aislado a los reptiles, anfibios y pequeños mamíferos del área protegida, exponiéndolos a ser atropellados y poniendo en riesgo la conectividad biológica en el interior del bosque. Además, según expone Hidalgo, los ancianos del municipio cuentan que la carretera transformó el gran caudal del río Yotoco en un discreto cuerpo de agua.

La pregunta para los representantes del alto Gobierno aludía también a un polígono de tiro en el que, por más de 30 años, el Ejército Nacional disparó sobre las lomas del municipio, causando erosión, pérdida de suelos, contaminación acústica y por plomo en la cuenca del río Yotoco, que ya sufría los impactos del paso del ganado y de las aguas negras de una avícola. Y, por supuesto, el reclamo también se refería a la instalación del relleno sanitario Colomba-El Guabal, que como lo señalaron los informes de la CVC, para sus adecuaciones deforestó parte importante de las haciendas que lo componen y afectó el flujo de la quebrada El Espinal.

Jorge Humberto Ramírez Velásquez, orquideólogo y presidente de Orquibuga, ha sido testigo de las afectaciones que los proyectos de desarrollo del departamento han causado al patrimonio ambiental de Yotoco. Por ejemplo, recuerda el día en que gritó frente a la maquinaria que depredaba el monte para avanzar en la construcción de la doble calzada Buga-Buenaventura, pues esta estuvo cerca de extinguir un espécimen de suma importancia para la construcción de su inventario orquideológico.

“¡Ingeniero, pare un momento! ¡Vamos a salvar la planta!”, exclamó.

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Jorge Humberto Ramírez, orquideólogo y presidente de Orquibuga. Foto de Angie Serna.

Orquibuga es una asociación sin ánimo de lucro fundada el 3 de diciembre de 1992 y que ha construido un orquideario con 177 especies identificadas en el interior de la Reserva Natural Bosque de Yotoco, que ahora fue partida a la mitad por la carretera Cabal Pombo y que estuvo amenazada por la doble calzada, cuyas obras avanzaban en 2012.

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Hongos azules brotan sobre el tronco de un árbol caído dentro del bosque. Foto de Angie Serna.

La riqueza de orquídeas de la reserva, según una investigación de académicos de la Universidad Nacional y la Universidad Javeriana, representa el 2 % de especies y el 20 % de géneros del país. Hay más orquídeas en este pequeño espacio que en todo el valle geográfico del río Cauca, que es 842 veces más extenso. Además, en el Bosque de Yotoco pueden encontrarse el 44 % de las especies de aves del municipio y el 38,3 % de las que habitan en el departamento, como expone un estudio del

Grupo de Investigación Bosque de Yotoco, de la Universidad Nacional. Además, la reserva es vital para la conservación de los nacimientos que brindan el agua a los habitantes del casco urbano del municipio, tal como lo revela otro estudio.

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Ranita venenosa del Valle del Cauca o rana rubí. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por sus siglas en inglés), es una especie vulnerable que solo existe en ocho puntos de la región andina colombiana, siendo la Reserva de Yotoco donde se presenta con más abundancia. Foto de Angie Serna.

El precio a pagar

Un mirador en forma de faro se alza a la entrada de Guadalajara de Buga como monumento en memoria de Alejandro Cabal Pombo, abogado oriundo del municipio que propuso y promovió la construcción de una carretera que conectara el océano Pacífico con el interior del país. Cuando la vía Buga-Buenaventura fue una realidad, en 1966, se denominó carretera Cabal Pombo en su memoria.

El orgullo por la construcción de la carretera responde al gran avance comercial que tuvo el país en ese entonces. Sin embargo, los costos ambientales del progreso no son siempre invisibles y, en este caso, la división de la Reserva Natural Bosque de Yotoco en dos porciones fue el precio a pagar.

Así mismo, la operación del relleno sanitario Colomba-El Guabal solo es noticia cuando amenaza con contaminar el río Cauca, pero los daños ambientales para la población y las aguas del municipio de Yotoco parecieran ser el costo que se debe asumir por el crecimiento de las ciudades en los departamentos de Valle del Cauca y Cauca.

 “Lo ambientalmente responsable sería que el relleno no recibiera más basura, pero eso no va a pasar”, afirmó en 2015 Hugo Salazar, presidente de la Asociación Colombiana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental (Acodal), tras los informes de incumplimiento que la CVC había publicado ya para entonces.

Sin embargo, tomar esta decisión era demasiado complicado. Fabio Salazar, gerente de Interaseo, dice que, entre operarios, conductores, personal de seguridad y otros trabajadores, Colomba-El Guabal genera el sustento de 220 familias de Vijes y Yotoco. A este último municipio, además, se le pagan 250 millones de pesos mensuales, siendo, en palabras de Salazar, “el mayor activo del municipio, que proporciona la mitad de su presupuesto”. Con todo, la principal razón por la que no se cierra el relleno sanitario es simple y contundente: no hay otro lugar que reciba ese flujo infinito de desechos.

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Un trabajador aplasta los residuos en la superficie de un camión para permitir que cierre la lona del vagón. Registro tomado el 7 de septiembre durante una visita guiada por personal de Interaseo. Foto de Angie Serna.

En el papel, aunque Interaseo planea expandir sus límites y obtener más permisos de la CVC para seguir operando, la vida útil del relleno sanitario de Yotoco acabará el 25 de junio de 2039.

Para cuando este relleno sanitario cierre, uno nuevo deberá inaugurarse en otro lugar, pues la producción de desechos nunca se detiene y, según Pablo César Manyoma, profesor de la facultad de Ingeniería de la Universidad del Valle, este sistema de disposición final es la respuesta más eficiente que a nivel internacional se ha encontrado hasta ahora para darles tratamiento a los desechos.

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Conformación de taludes en el vaso A, vertedero activo de residuos en el relleno Colomba-El Guabal. Al alcanzar el límite permitido por la licencia, se clausura el montículo y se inicia la conformación de uno nuevo. Registro tomado el 7 de septiembre durante una visita guiada por personal de Interaseo. Foto de Angie Serna.

“En el marco de mi investigación de doctorado, pude visitar el relleno sanitario de Vancouver. Lleva funcionando 60 años, sin una sola amenaza de derrumbe, contaminación de fuentes hídricas o problemas de otro orden”, afirma el docente, quien obtuvo su doctorado en Ingeniería gracias a su estudio sobre localización de centros de servicios no deseados como los rellenos sanitarios.

La clave de este proceso, según Manyoma, es la comunión entre el correcto manejo de las instalaciones hecho por el operador y la conciencia y separación previa de los usuarios. “Al relleno no deberían llegar residuos húmedos ni nada que al descomponerse genere humedad, porque de allí es donde fluyen los lixiviados”, afirma.

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Por estas chimeneas se libera el gas metano que los residuos acumulados en la montaña de basura desprenden al descomponerse. En la imagen se observa el escape de espuma de lixiviados. Registro tomado el 7 de septiembre durante una visita guiada por personal de Interaseo. Foto de Angie Serna.

En eso concuerda Fabio Salazar, quien señala como un buen ejemplo el sistema estadounidense de triturado de los residuos orgánicos. “Si implementáramos ese sistema acá, se reduciría más del 70 % de los residuos que recibimos en el relleno a día de hoy”, asegura.

A su paso por Yotoco, el río Cauca recibe las abundantes aguas que provienen de la Reserva Natural Bosque de Yotoco, aprovechadas en el camino por las cerca de 20 000 personas que habitan en el municipio. Unos kilómetros más abajo, recibe la débil descarga de la quebrada El Espinal y los vertimientos de lixiviados tratados del relleno sanitario Colomba-El Guabal.

La conciencia de la ciudadanía sobre el problema de los desechos sólidos es clave y, aunque reciclar y reutilizar recursos ya es parte de los planes de disminución de residuos en muchos gobiernos locales, todavía falta que se generalice un tercer concepto de altísima relevancia: reducir. “Siempre habrá desechos para botar y por eso el relleno es la última opción. Por eso hay que incentivar a la gente a cambiar sus hábitos de consumo; no llenarse de cosas que no necesitan y no desperdiciar las que sí”, afirma el profesor Manyoma y propone una relación de progreso más sensible con el ambiente.

Una relación que Valentín Hidalgo identifica con los ancestros de la región a la que pertenece Yotoco: los indígenas calima, quienes “antes de entrar al bosque le pedían permiso, construían sus caminos reales sin afectar los árboles y vivían en sintonía con el corazón del agua”, dice mientras algún pequeño mamífero de la reserva corre entre los arbustos al oír su voz.

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“De aquí depende la vida del municipio de Yotoco. Además del agua, alberga una gran biodiversidad faunística y florística. Alberga los conocimientos de antepasados y comunidades. Es una escuela de la vida”, concluye Valentín Hidalgo mientras camina una vez más por los senderos de la reserva. Fotos de Angie Serna.

Esta investigación hace parte del especial periodístico ‘Historias en clave verde. Segunda edición’, realizado en el marco del proyecto de formación y producción ‘CdR/Lab Periodismo en clave verde’ de Consejo de Redacción (CdR), gracias al apoyo de la Deutsche Welle Akademie (DW) y la Agencia de Cooperación Alemana.

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