Utopías y violencia política: recuerdos de la última amiga upecista

Elizabeth Hurtado y Gloria Vidal siempre creyeron que la revolución sería posible. Su sueño creció con la aparición de la Unión Patriótica y sus primeros éxitos electorales, pero la violencia política asesinó o desapareció uno a uno a gran parte de sus militantes, incluso a una de ellas.

Historias de mujeres que construyen paz en los territorios

Utopías y violencia política: recuerdos de la última amiga upecista

Autor:

Andrés Alejandro Córdoba Calvo

Diciembre 22 de 2020

Una escena común entre 1978 y 1987 era algo así: Elizabeth Hurtado y Gloria Vidal en casa de alguna amiga sintonizando Radio Habana Cuba (RHC), una emisora considerada la voz de un pueblo en revolución. Solo ellas. Por momentos recostadas sobre la cama mirando algún punto de la techumbre o bocabajo apoyadas en los codos, los puños sosteniendo la cara, lanzando ideas una mañana, una tarde, una noche; o tal vez de costado, como sirenas, o sentadas en alguna parte de la sala, donde conversan de cuanta ocurrencia les pasa por la cabeza mientras juegan al dominó, atrapadas por un Pablo Milanés que se toma el dial de la RHC y dice en voz baja “Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada. Y en una hermosa plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes”. Y ellas tararean mientras la una busca seguir la secuencia del juego con un doble tres o un doble seis, mientras la otra manifiesta que le gustaría tocar guitarra, que el fin de semana hay una peña artística, que podrían ir. Milanés le da paso a Mercedes Sosa que canta “Tantas veces me mataron. Tantas veces me morí. Sin embargo estoy aquí resucitando. Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal. Y seguí cantando”. Y aparecen los sueños: tal vez Elizabeth o Gloria podrían ser diputadas o seguro alcaldesas o concejalas. Aunque quizás, antes de asumir esa responsabilidad preferirían primero viajar a dedo por el país. Tal vez a la Costa Caribe o Pacífica. Pero ellas presienten que la revolución está punto de lograrse y hay que salir a las calles, ir al partido para apoyar, para luchar. Y llega a la cabeza de alguna el verso de Neruda: “Por eso desde lejos te he traído una copa del vino de mi patria: es la sangre de un pueblo subterráneo, que llega de la sombra a tu garganta”.

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Las palomas blancas comenzaron a aparecer en los colegios, en las calles, en murales. Era el símbolo de la paz que revoloteaba por el país después de que el presidente de Colombia, Belisario Betancur Cuartas, firmó el 28 marzo de 1984 con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) el Acuerdo de la Uribe (Meta), con el que anhelaba dar inicio a la pacificación del país. Catorce meses después, el 28 mayo de 1985, se creó la Unión Patriótica (UP) como un mecanismo de participación política donde tendrían cabida los guerrilleros que se acogieran al proceso y aquellas fuerzas de izquierda, sindicales o partidos políticos afines a esta propuesta.

Desde que estudiaba en el colegio, Gloria ya tenía la idea de que en el país se necesitaba justicia social y en su cabeza estaban frescas las historias de la revolución cubana que habían logrado los legendarios ‘Barbudos de Sierra Maestra’. Así que no dudó en unirse a la UP junto a su amiga. Fue una idea más en la que coincidieron, porque Gloria y Elizabeth coincidirían muchas veces.

La de ellas parecía una amistad predestinada. Se encontraron por primera vez una tarde de 1978 al llegar a la casa de una compañera de colegio, tal vez tenían 16 o 17 años. Allí, solo el saludo, la presentación fría y tímida de protocolo. Otro día se volvieron a encontrar, un saludo distante; después fue igual, nuevamente en casa de alguna compañera común para hacer la tarea. Al año siguiente Gloria ingresó al Sena para tomar un curso en administración, así que comenzó a viajar desde el centro de la ciudad hacia el norte, donde quedaba la sede. En ese vaivén de personas en los corredores, en los salones, una mujer: tez canela suave, ojos brillantes y dormilones, de sonrisa constante y una altura que sobrepasaba por poco el metro y medio: Elizabeth. No lo consideraron una casualidad porque ya sabían que a esas alturas esa palabra no podía existir entre ellas. Aquel día conversaron con más confianza, compartieron la experiencia de los cursos, se hicieron recomendaciones. Y con el paso de los días se convirtieron en compañía cotidiana durante el viaje de 25 minutos que tardaba el bus en hacer el recorrido hasta el Sena. También disfrutaban con las amigas aquellas tardes o noches donde aparecía la RHC con canciones y con los discursos del comandante Fidel. Los encuentros se hicieron más frecuentes para compartir gustos: salir a bailar, jugar básquet, escuchar a Serrat y a Milanés, leer a Neruda y a Benedetti, y luego se darían cuenta de que el mismo signo las presidía: capricornio.

En 1980 ingresaron juntas a la Universidad del Cauca para estudiar literatura, pero se pasaron para filosofía porque no les gustaban los libros que las ponían a leer. Andaban juntas de arriba para abajo por las calles de Popayán.

─Vamos para la Juventud Comunista─ le propuso Elizabeth a Gloria, quien no tuvo argumentos para negarse.

Llegaron las reuniones y los grupos de estudio, el pensamiento de Marx y Lenin, el trabajo en las calles, los canelazos. Un día, después del terremoto del 31 de marzo de 1983, Elizabeth le dijo a Gloria que fueran a visitar a una militante del PCC que había llegado desde Bogotá: Ana Elsa Rojas Rey, una joven cuyo liderazgo ya se destacaba dentro del Partido Comunista y con la cual construirían una amistad de resistencia durante los siguientes 37 años en el Cauca.

“Qué bueno que ustedes están interesadas en luchar por la patria”, les decía, mientras les hablaba de mujeres como la literata, líder social y política, María de los Ángeles Cano Márquez, que entre 1920 y 1940 emprendió luchas a favor de las personas más desfavorecidas, asegura Magdala Velásquez Toro en la reseña ‘María Cano. Pionera y agitadora social de los años 20’. Ana Elsa también les mencionaba a Yira Castro, quien fue colaboradora del Semanario Voz, educadora, dirigente del Partido Comunista Colombiano, entre otras actividades y cargos, hasta su fallecimiento el 9 de julio 1981, según lo reseñó Manuel Cepeda Vargas en el libro ‘Yira Castro: mi bandera es la alegría’.   

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Después del anuncio de la creación de la Unión Patriótica, Gloria pensó que la transformación social y política del país sería posible. Así que junto a Elizabeth apoyaron las actividades de la UP en el Cauca. Y, como la intención del nuevo partido político era participar en los comicios regionales de marzo y en las presidenciales de mayo de 1986, comenzaron sus labores para la campaña. “Creíamos que la toma del poder sería posible”, recuerda Gloria.

Comenzaron las correrías por los barrios de la ciudad, por los asentamientos surgidos después del terremoto de 1983. También viajaron a veredas, corregimientos y municipios del Cauca para regar la voz de que Colombia tendría un mejor destino si todos quienes las escuchaban se integraban al proceso de democratización integral, político, social y económico que tenía la UP. Si debían ir al Naya, al noroccidente del departamento del Cauca, allá estaban. Si debían viajar hasta el corregimiento de Huisitó, al occidente en el municipio de El Tambo, no tenían reparo en hacerlo y realizar actividades para convocar a las personas. Viajaron a San Sebastián, Balboa, Santander de Quilichao, Bolívar, Argelia, Corinto y en cada lugar se contagiaron de entusiasmo.   

Ellas y otras tantas mujeres upecistas buscaban los espacios para las reuniones, convocaban a los simpatizantes, militantes o curiosos para que se sumaran a la idea. Repartían volantes, andaban con pancartas, cargaban afiches del candidato presidencial Jaime Pardo Leal para empapelar la ciudad y posicionarlo como la opción que el país necesitaba. En algunas ocasiones también iban a las plazas de mercado, a los parques para vender el Semanario Voz como una tarea de propagación de sus ideales; hacían brigadas de salud en los barrios, campeonatos de fútbol.

“Vamos a la reunión porque habrá cambio, amigo, vecino”: Elizabeth y Gloria trataban de convencer a las personas para que votaran por sus candidatos. “Los diálogos de paz nos traen la paz”, resaltando lo obvio intentaban concienciar a la mayor cantidad de gente posible.

Un día de abril de 1986, en la plaza de mercado del municipio de Piendamó, Gloria empuñó el micrófono frente a decenas de asistentes y pronunció un discurso para convocar el apoyo de los presentes a su partido. Al bajar de la tarima ya había gente preguntando cómo afiliarse, palabras de felicitaciones, apretones de mano. Todo un sueño. Incluso, días después le seguían llegando hasta su casa cartas de agradecimiento, flores y mensajes por el discurso que había pronunciado. 

Cuando había una pausa en medio de la agitación sintonizaban la RHC para inspirarse con la nueva trova cubana y soñar con que serían líderes políticas destacadas de la región.

─Mi mamá se parece a Mercedes Sosa─ le confesó Elizabeth a Gloria.

─Escúchala─ le recomendó.

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Un año de campaña fue más que suficiente para ver a la UP como una alternativa política que con el paso de los meses tomaba mayor vuelo. Según los registros del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) tuvieron una sobresaliente participación en las elecciones al Congreso de la República en marzo de 1986, donde salieron elegidos entre candidatos propios y en alianza, nueve representantes a la cámara y seis senadores, y lograron en las locales 325 concejales en 167 municipios de los 1003 que tenía en ese momento Colombia. A esto se le sumó que, en mayo del mismo año, para las presidenciales, donde también participaba por primera vez su candidato, Jaime Pardo Leal, obtuvo 328 752 sufragios y se ubicó en el tercer puesto de la votación.

Pero los asesinatos y desapariciones de los militantes y simpatizantes de la Unión Patriótica aparecieron en paralelo como señales de la fuerte violencia política de la que serían víctimas durante las siguientes dos décadas. En solo un año de actividad asesinaron, masacraron o desaparecieron al menos a 422 personas en el país y en el Cauca la cifra llegó parcialmente a 27, según lo reportó el periodista Roberto Romero Ospina en su libro ‘Unión Patriótica: expedientes contra el olvido’.

Las amenazas, persecuciones y asesinatos eran noticia diaria y tema recurrente de conversación entre los militantes y sus familiares. Por momentos el espíritu de resistencia pasaba de las calles y plazas a los velorios y a los entierros donde el llamado era a seguir luchando.

─Vamos a persistir, a perseverar, seguiremos─ recuerda Gloria que decían con convencimiento absoluto.

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En la mañana del domingo 12 de abril de 1987, una de las hermanas de Elizabeth llegó junto a una amiga hasta la casa de Gloria. 

─ ¿Aquí está Elizabeth?

─No, ¿qué sucedió?─ dijo Gloria.

─Desapareció sin decir nada y dejó a la niña─ afirmaron molestas.

─Ella no ha dejado a la niña─ la defendió Gloria.

─Ella se fue con ese hombre─ le replicaron.

─Elizabeth no se fue con nadie─ siguió en su defensa Gloria.

─Entonces está aquí─ le insistieron.

Pero Elizabeth no estaba allí. Las invadió el temor. Comenzaron a buscarla entre amigos y conocidos. Ninguna persona sabía sobre su paradero. Llegaron hasta la sede del partido para avisar que Elizabeth había desaparecido. Informaron sobre su extraña ausencia por radio y televisión. Temiendo lo peor, la petición era que se le respetara la vida porque era madre de una niña de un mes de nacida. Aquel domingo transcurrió sin pista alguna.

La búsqueda siguió el lunes 13. Nuevamente interrogaron a personas cercanas, ni un solo dato. Continuaron el martes, pero solo obtuvieron algunas hipótesis que planteaban que Elizabeth estaba con su novio, que pronto llegaría a casa. Pero no aparecía. En la tarde del miércoles 15 Gloria recibió la llamada de un familiar que le dijo que a unos minutos de la ciudad, en un puente sobre la vía Popayán-Totoró, alguien había presenciado el asesinato de dos personas el sábado anterior. Gloria y dos amigos más consiguieron un vehículo y se dirigieron hasta lugar. Allí encontraron los cuerpos tirados montaña abajo, a orillas del río Palacé.

El jueves 16 de abril trasladaron los cadáveres al anfiteatro de Popayán. Gloria fue hasta el lugar para corroborar que se trataba de su amiga. Vio sobre un mesón frío el cuerpo tendido de una mujer. Se abalanzó sobre ella para abrazarla, tocarla. No lo podía creer. Hurgó suavemente en la boca para buscar el único diente imperfecto de su amiga. ¡Sí, era ella! La miró de nuevo y la estrechó entre sus brazos. Recordó una conversación con ella:

─¿Qué harías vos si te llegaran a matar?─ quiso saber Gloria.

─Cerraría fuerte los ojos para no ver nada─ dijo Elizabeth.

El día antes de su desaparición fue la última vez que Gloria habló con ella. Se encontraron casualmente en el centro histórico, en inmediaciones de la sede principal de Telecom. Elizabeth estaba feliz porque su novio, Fernando Valencia, había llegado para conocer a su hija. Los dos se habían enamorado un año antes, en medio de la efusividad de las campañas locales y presidenciales que pregonaban a la Unión Patriótica como una opción de cambio.

─Ve a la casa y te cuento un secreto─ le dijo su amiga.

Pero Gloria no se comprometió ya que debía trabajar en algunas tareas pendientes, así que se despidieron. Gloria continuó su rumbo contagiada por la alegría de su amiga.

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Gloria recuerda a su madre caminando lentamente al fondo, en el primer piso de la casa donde vivían, con la camándula en la mano. Cerraba los ojos para concentrarse en sus plegarias, los abría para mirar dónde pisaba. Un padre nuestro, un gloria al padre, un ave maría para que el demonio que tenía su hija adentro la dejara en paz. Un padre nuestro, un gloria al padre, un ave maría para que se curara. Un padre nuestro, un gloria al padre, un ave maría para perdonarla, y así desde que su hija decidió ser militante del Partido Comunista y luego de la Unión Patriótica, más de veinte años atrás. “Elizabeth era como un escape ante las dificultades en mi casa”, recuerda Gloria.

En su hogar nunca aceptaron su militancia en dos partidos de izquierda, estaban convencidos de que eso solo conduciría a la desgracia. Así que había una relación familiar fracturada. Su madre siempre rechazó de mala gana aquella inclinación política y su hermano mayor la reprendía verbalmente. Con los años, sus otras dos hermanas se sumarían a estas voces de rechazo.

Pero Gloria no veía lo malo. Consideraba que a sus 16 años ayudaba en casa como podía: cocinando para sus hermanas, apoyando con las tareas escolares, limpiando. ¿Por qué no era posible salir con sus compañeros? A pesar de que su hermano en ocasiones le echaba llave a la puerta para que no saliera, ella se las ingeniaba para salir de su casa y seguir con su militancia. Por eso cuando murió Elizabeth se sintió sola, incompleta, sin libertad. Unas semanas después se fue a vivir a la sede del partido. “Tal vez a causa de eso ya me organicé con el que hoy es mi esposo”, intenta responderse.

Un día, cuando ya residía en la sede, sonó el teléfono insistentemente y al contestar escuchó: “Si usted sigue denunciando la muerte de sus amigos le va a llegar una mano o una cabeza en una bandeja. Ya sabe”, se escucharon carcajadas y colgaron. Las amenazas se dieron después de que Gloria dio su versión sobre el asesinato de Elizabeth ante organismos de investigación judiciales. Fueron días de poca tranquilidad.

Una tarde, mientras caminaba por una calle solitaria de Popayán, Gloria observó cómo un hombre en moto se acercaba en cámara lenta hacia ella. Una vez lo tuvo al frente, vio que el sujeto metió una mano al interior de la chaqueta mientras la miraba.

─¡No señor, por favor!─ Le suplicó Gloria.

─Tranquila señora, solo quiero que me diga dónde queda esta dirección─ le pidió el sujeto perplejo al ver su reacción.

***

En 1993 Gloria tuvo a su segunda hija, por lo cual su madre la buscó para que regresara a casa y así colaborarle en su recuperación y con el cuidado de sus niñas. Para ese entonces, Gloria llevaba trabajando cinco años en la Contraloría Departamental del Cauca como examinadora de cuentas, después de que varios militantes la apoyaron para obtener el cargo como una forma de ayudarla a superar la muerte de su amiga.

Durante su segunda temporada en la casa materna, recuerda, la convivencia fue un poco más tranquila. Su estabilidad laboral y financiera de alguna manera servía como amortiguador para los reproches que pudieran surgir, pues a pesar del dolor por el asesinato de su amiga, Gloria seguía militando en la Unión Patriótica y siendo testigo del exterminio de su partido.

 ─Nos tocaba ir cada semana a un entierro, a dos─ recuerda. 

A pesar de su trabajo en la contraloría su lucha por las causas sociales seguía, no solo afuera, sino adentro de la entidad. Ella fue una de las promotoras de la creación del sindicato de empleados públicos y entonces fue más fácil acompañar las manifestaciones en las calles, apoyar los paros en favor de la UP, así como diferentes campañas políticas. Además podía trabajar internamente por el bienestar de sus compañeros. En 2001 la despidieron, según ella, sin mayores justificaciones.

Para ese entonces volvieron los problemas con su familia. Su madre y hermanos le pidieron que se fuera de la casa sin importar que no tuviera trabajo. Llegaba para Gloria una larga y desgastante década de alegatos y humillaciones, hasta el punto de que su mamá oraba constantemente con su camándula para que el demonio que invadía a su hija se fuera.

─Todo eso me lo gané por ser militante del PCC y la UP─ reflexiona.

***

Desde el 2013 Gloria pasa largas temporadas en Orito, Putumayo, donde residen su hija y sus nietos. Allí fortaleció el espíritu político que nunca la abandonó a pesar de las adversidades que vivió. Sin conocer a nadie, poco a poco, se fue integrando a la dinámica del municipio. Con el paso de los meses ya hablaba de alianzas, de candidatos, participaba en debates, trataba de motivar a los jóvenes para que se tomaran los espacios políticos y lucharan por la región. Sus ideas llamaban tanto la atención que le propusieron la candidatura a la alcaldía y luego al concejo, pero ella se negó porque aún no conocía el territorio lo suficiente para asumir esa responsabilidad.

─Allá me di cuenta de que había construido algo importante, logré que me creyeran─ dice orgullosa.  

Uno de los primeros éxitos que Gloria celebró en esta región sucedió en las elecciones territoriales de octubre de 2019, cuando el candidato a la Gobernación del Putumayo, Jorge Andrés Cancimance López, quedó de segundo con 29 861 votos, según datos de la Registraduría Nacional del Estado Civil. Para ella fue una gran victoria, pues esa candidatura surgió de manera repentina, pero con su experiencia y la de otro grupo de personas que acompañaron la campaña lograron un buen resultado.

En junio de 2020 Gloria regresó a Popayán por algunos problemas de salud, pero eso no ha sido impedimento para planificar su retorno hacia Orito y pensar en la estrategia de las próximas elecciones.

─¿Esta vez sí aceptaría la propuesta como candidata al concejo o a la alcaldía?

─No. Sigo empeñada en que sean los jóvenes quienes asuman esta responsabilidad, yo estaré ahí para apoyarlos─ responde.

Pero Gloria luego confiesa que tal vez si Elizabeth estuviera viva, sería concejala, alcaldesa o diputada. Porque no se olvida del amor, el apoyo y compañía que siempre le dio su amiga. En su ausencia Gloria siguió con la resistencia que juntas iniciaron. Recordando por momentos los aires de revolución, la ingenuidad, las esperanza que tenían. Recordando una tarde, una noche, en la que conversaban de cuanta ocurrencia llegara hasta su cabeza, mientras en la RHC aparecía Mercedes Sosa para deleitarlas: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”.

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